Se hacía tarde, el sueño le había vencido y llegaba tarde a pintura. No le apetecía, estancado durante semanas en cuadros, practicamente bocetos, sosos y aburridos. Pero el pagaba y en el fondo le gustaba y al menos conocía a alguna persona, y el ambiente no le desagradaba.
Media hora tarde. Como una sombra se sentó frente a su caballete, y aislado del mundo entre su música, mezclada con un ligeramente inútil esfuerzo de plasmar su cabeza en un papel, comenzó a dibujar. Ignorado de toda posible ayuda, practicamente en soledad y repleto de gente mayor que él, pasaba las horas, pero ya casi no le salía nada. Perdía toda gana, motivo e idea que le diera un qué pintar, un porqué debía pintar.
El reloj no avanzaba desde hace horas y aún quedaba media. Por detrás una compañera empujaba su silla abriéndose paso por tal zulo de ideas y colores. Miró a su derecha y ella se sentó a su lado.
No puede ser, ella. Sus manos chocaban casi al pintar, ¿zurda? Se movían juntas pero no se chocaban, más bien parecían pedir estar juntas.
Tras unos minutos de sorpresa, admiración, preguntas y respuestas continuaron con sus respectivos dibujos.
Él no paraba de mirar hacia su lado derecho, envidiable. No se pudo contener y casi sin pensar ni tragar saliva, quedó con ella a la salida.
Acompañada de una amiga común debía marchar pronto a casa, pues llegaba tarde y a en punto debía estar. Él la acompaño mientras su amiga se quedaba por el camino.
Se quedó inmóvil y la vió marchar. Tras mucho tiempo algo parecía dibujarse en su pequeña boca, quizás se escapaba una sonrisa.