lunes, 2 de junio de 2014

Segundo y primer día.

Y no dejaba de pensar en él, iba sola en el autobús escuchando música, no se percataba de en qué parada estaba, sólo pensaba en que tal vez debería haberle dado un beso en la mejilla o haberle mirado con ojos, para que él notara algo. Su corazón no dejaba de latir.

Se pasó de parada, tuvo que retroceder para llegar a su casa, hacía muy bueno y tenía las manos algo manchadas de óleo. Le había hecho mucha ilusión volver a pintar en su antigua academia, le había hecho más ilusión verle.
Entró en casa y corrió al ordenador, sin limpiarse las manos ni nada. Voló a encenderlo y abrió su blog. Debía escribir lo que sentía.

Era una de esas chicas que cuando tenía un sentimiento en mente, necesitaba expresarlo, necesitaba compartirlo de forma indirecta, un poema, una entrada, una historia.
No había nadie en casa, puso la música baja, música instrumental que le ayudaba a ponerse en situación (cada uno tenía sus manías) y comenzó.
Por primera vez en su vida, las palabras, metáforas surgían solas, no necesitaba pensarlas, salía todo como fluido.

No tardó mucho en escribirlo, era feliz sólo porque alguien lo leyera, le gustó el resultado.

No había mirado el móvil desde que se despidió de él, lo tenía en silencio. Miró y tenía muchos mensajes, pero sólo abrió el suyo.

Ey, ¿ya estás en casa? ¿Qué tal estás?

Parecía una cría, eufórica por su mensaje, como si tuviera doce años y fuera el primer chico por el que se había quedado pillada, estaba feliz, se le notaba en los ojos.

                                                                      ***

Segundo día de clase y no podía levantarse, siete de la mañana y tocaba Lengua con la directora, no mucha gracia le hizo al mirar el horario.

BUENOS DÍAS -Le había enviado un mensaje a las siete. Amenizándole la mañana desde primera hora de la mañana. Eran buenos días desde luego, siguieron hablando.

La mañana se hizo eterna, desde segundo día con apuntes y deberes, y comenzaba en el conservatorio su último curso hoy, miró el horario y tenía una hora libre.
<<No puede ser, ¿qué hago en una hora libre?>> Pensó, tenía ganas de verle y charlar con él, muchas. Le pareció buena idea el avisarle y si pudiera pasarse a tomar algo esa hora, si no le importaba, ansiaba que respondiera afirmativo. Esperó su respuesta.

sábado, 26 de abril de 2014

¿Me dibujas tu arte?

Se hacía tarde, el sueño le había vencido y llegaba tarde a pintura. No le apetecía, estancado durante semanas en cuadros, practicamente bocetos, sosos y aburridos. Pero el pagaba y en el fondo le gustaba y al menos conocía a alguna persona, y el ambiente no le desagradaba.

Media hora tarde. Como una sombra se sentó frente a su caballete, y aislado del mundo entre su música, mezclada con un ligeramente inútil esfuerzo de plasmar su cabeza en un papel, comenzó a dibujar. Ignorado de toda posible ayuda, practicamente en soledad y repleto de gente mayor que él, pasaba las horas, pero ya casi no le salía nada. Perdía toda gana, motivo e idea que le diera un qué pintar, un porqué debía pintar.

El reloj no avanzaba desde hace horas y aún quedaba media. Por detrás una compañera empujaba su silla abriéndose paso por tal zulo de ideas y colores. Miró a su derecha y ella se sentó a su lado.
No puede ser, ella. Sus manos chocaban casi al pintar, ¿zurda? Se movían juntas pero no se chocaban, más bien parecían pedir estar juntas.
Tras unos minutos de sorpresa, admiración, preguntas y respuestas continuaron con sus respectivos dibujos.

Él no paraba de mirar hacia su lado derecho, envidiable. No se pudo contener y casi sin pensar ni tragar saliva, quedó con ella a la salida.

Acompañada de una amiga común debía marchar pronto a casa, pues llegaba tarde y a en punto debía estar. Él la acompaño mientras su amiga se quedaba por el camino.

Se quedó inmóvil y la vió marchar. Tras mucho tiempo algo parecía dibujarse en su pequeña boca, quizás se escapaba una sonrisa.

domingo, 23 de marzo de 2014

La casualidad inexistente.

Lunes; vuelta a la rutina. A clase de nuevo.
Siete de la mañana, su despertador pitaba, como un dolor agudo en la sien. "Diez minutos más, por favor" Apagó el despertador y se dio media vuelta.
Diez minutos más tarde su teléfono, situado en la mesilla se encendió. Tenía un mensaje.

"Mierda, mierda, mierda, es lunes. Como no me vista rápido no llego" El brillo del móvil afortunadamente le había despertado, pero no le hizo caso. Se levantó de un brinco, se desnudó y comenzó a mirar su armario de arriba a abajo, como cada mañana.
Cogió unos leggins, una camiseta cualquiera, sus botas granate, de esas que todo el mundo hablaba, un regalo de su padre desde Italia, de hacía un año, aún no se llevaban, pero ahora que sí, las había cogido algo de manía. Aún así se las puso, su cazadora militar y listo. La apoyó en el mueble de la entrada y se fue a la cocina a desayunar mientras repasaba algunos apuntes del ordenador.
El móvil se volvió a encender, pero estaba en su mesilla y ella en la cocina. Seguía repasando algunos apuntes para no perderse en las clases del día.
Tostada, leche, un zumo. Lo de siempre. Recogió los platos y fue al baño a terminar de prepararse.
Las siete y media, tardaba cuarto de hora en llegar hasta su universidad y entraba a las ocho.
Se hizo una trenza, se lavó, se maquilló disimuladamente; lista.
Cogió su cartera con su ordenador, un libro para leer en el recreo, su iPod, algo de dinero y finalmente el móvil.
Cerró la puerta y salió.

Hacía ya algo de frío, tenía esperanza de que a media mañana hiciera mejor. Se puso los cascos y seleccionó el aleatorio, Ludovico. "Bien" Se dijo.
Desbloqueó el móvil y miró sus mensajes. "Vaya, no lo recordaba, antes se encendió, a ver"
Miró los mensajes, eran de un número que le sonaba, pero no le tenía guardado.

Buenos días, estarás dormida, o preparándote para ir a clase, pero quería darte las gracias por ayer, por disculparte y volver a aparecer. Buen día.


Ah, y espero que te guste el libro.

Sonrió, "qué chico tan majo, de verdad"

                                                                              ***

Cansada, agotada, hasta el portátil le pesaba, eran las tres, tocaba comer. Tardó más de lo habitual en llegar a casa, se había parado a leer un rato en un banco cerca de la plaza de la universidad.
Cuando llegó a casa, se cambió de ropa, un chándal para estar más cómoda y se hizo la comida; macarrones y ensalada.
Tenía clase de pintura a las seis, tenía hasta entonces tiempo para ensayar o estudiar. Los exámenes eran en dos meses.
No tardó mucho en terminar de comer, fregó lo del desayuno y la comida y se sentó en su mesa de estudio, en su habitación a estudiar lo que habían dado por la mañana.
La carrera de periodismo era preciosa, muy bonita y más si te encanta lo que haces, le encantaba.

Estudiando hasta las cinco y media, era hora de cambiarse de nuevo para ir a pintar dos horitas, le apetecía, más que de costumbre. Y la verdad, siempre tenía muchas ganas de ir.
Se deshizo el moño que se había hecho para estudiar y se volvió a trenzar el pelo, se puso una chaqueta, una pequeña mochila con dinero, su libro, el móvil y el iPod y salió.
La academia estaba más o menos a diez minutos, iba con tiempo, paso lento y disfrutando de las canciones que el aleatorio le había dado. Fijándose en la gente que pasaba, con prisas, gente en grupo, tomando algo en un bar, charlando, parejas, todo lleno de parejas.
"Me encantaría tener novio, pero cuando he tenido, me he cansado porque no es como yo, ojalá hubiera alguien como yo y poder pasar la vida con él, sería maravilloso"
Seis menos cinco, llamó a la puerta de la academia para que la abriesen. Entró, atravesó dos pasillos y llegó al estudio donde pintaba. Entró.
Como siempre los buenos días, ella era la más joven y admiraba mucho a la gente mayor que iba a pintar, y cómo pintaba. Pero notó la presencia de alguien más, estaba en uno de los caballetes de madera, al lado uno libre, dejó sus cosas en la silla del de al lado y fue a por su lienzo.
Lo colocó, se lo colocó para ella, a su altura y sacó las cosas de su maletín que estaba en el estudio.
El joven miró un segundo su rostro y un choque inmediato de miradas.
-Pero, ¡Yo te conozco!

¿En serio? ¿Casualidad? ¿Qué es eso de las casualidades?

domingo, 9 de marzo de 2014

Un trago matutino de cansancio

Había pasado, se había marchado con él. Y los había visto marchar, no podía evitarlo y era su decisión. Una vez más anteponía la felicidad ajena a la suya y, como era lógico, no era quién para interponerse ni siquiera para dar opinión. La había conocido no hace mucho y casi no sabía nada de ella. Se quedó allí pensando y al rato buscó un refugio, una historia ajena donde poder olvidar la suya, su libro.
Agachó la cabeza y siguió leyendo.

No recordaba mucho de la historia ya que no se acababa de concentrar, pidió otra ronda, aún quedaba tiempo antes de comer. Quizás se le estaba subiendo un poco todo, las emociones se le subían y se empezaba a rallar, el alcohol en sangre subía poco a poco mientras su vaso iba quedando sediento, estaba cansado.

De pronto oyó unos pasos rápidos, no levantó la cabeza, no esperaba a nadie. Lo hizo cuando ya vio la silla de enfrente moverse tras su flequillo, ¿ella?
Empapada, fatigada posiblemente de correr bajo la lluvia, estaba claro pero él no quería ni pensar. Ella intentaba sacarle palabra y sonrisa, incluso le intentó animar haciendo que dejara al margen su libro y solo la mirara a los ojos. Apenas funcionó, pero consiguió sacarle palabra, solo ella podía, ¿solo ella?

Tenía hambre y volvía a pensar de nuevo, no eran horas y sintiéndolo mucho se despidió brevemente y se fue a comer. Ella se quedó allí leyendo.

*  *  *

Apenas tenía hambre pero en casa no debían notarlo, la lluvia había amainado y parecía volver a despejar.
Serían las 5 de la tarde y le dolía la cabeza, bajó a su cuarto y se metió a la cama hasta nuevo despertar, sintió su móvil vibrar en su mesilla de noche, no estaba para nadie asique durmió hasta el día siguiente, por poner fecha. Los sentimientos le habían invadido y hundido, quizás sentía traición o sólo era soledad pero quien solo podía acogerlo en aquellos momentos era su cama y allí debía permanecer hasta que le echara de su lado.

domingo, 2 de marzo de 2014

Lluvia corre bajo el suelo

Iban caminando, ella miraba constantemente el suelo, sonrojada. Acababa de conocer a ese chico, acababa de aparecer en medio de la conversación de aquel misterioso chico.
Caminaban, era la hora de comer. Él la miraba y se reía, comenzó la conversación.
-Bueno, cuéntame algo de ti, ¿cuántos años tienes? -Le preguntó mirándole al escote, la verdad no era pronunciado pero era bajita y él alto, se podía notar. Ella cambió el gesto de la cara y se abrochó la chaqueta.
-Dieciocho, recién cumplidos. ¿Tú?
-¿Eres tan pequeña? Aparentabas más, la verdad, tengo veinte, pero bueno, también me gustan pequeñas. -Se rió.
"¿Pequeñas? Pero si son dos años, ¿a dónde quiere llegar este hombre?" Hizo gesto de indiferencia y siguieron caminando, sin rumbo.
Llegaron a la ribera del río de la ciudad, se sentaron en un banco y siguieron hablando. Él de vez en cuando la llamaba enana, por ser bajita, imaginaba. Tenía unos aires de superioridad y de creído increíbles, pero le atraía.
-¿Vives aquí? -Le preguntó él. Esta vez su mirada estaba centrada en sus ojos.
-Sí, mis padres se mudaron a Santander y yo me quedé en un piso del centro para hacer mi carrera.
-Así que vives sola, no te sentirás un poco...no sé, ¿sola? Te vendría bien un poco de compañía masculina, un domingo gris como el de hoy. -Se acercó a ella, el día era azul.
Ella se rió y se sonrojó, agachó la cabeza y al levantarla le tenía de frente, su nariz casi se choca con la de él, podía ver las betas de sus ojos, podía ver cómo la pupila se dilataba. Podía ver cada pestaña negra. Él la agarró de la cintura, se fue acercando poco a poco, muy poco a poco, sonreía.
Comenzó a dudar. "Un segundo, ¿el otro chico? Le he dejado solo, había quedado con él, mierda, ¿dónde estará ahora? No tengo su número, mierda" Sus ojos se movían de un extremo a otro, tenía los labios del chaval prácticamente pegados a los suyos, se apartó.
-Lo siento debo irme, se me ha olvidado hacer algo muy importante, perdóname, otro día nos vemos, ¿vale? -Se levantó, cogió el bolso y comenzó a caminar.
-Pero, no tengo tu número. ¿Cómo podre hablarte? -Ella regresó, cogió su móvil y marcó su número, se autollamó para poder tenerle ella también y él lo guardó. Salió corriendo en dirección al bar.
   
                                                                     ***

Comenzó a llover, estaba a punto de llegar al bar. Hacía tan sólo diez minutos, en aquel banco de la ribera había un sol espléndido, ahora estaba jarreando y su trenza se estaba calando, su maquillaje corriéndose, podía notarlo por sus poros de la cara. Estaba a punto de llegar, no podía parar de pensar en el chico del bar, la había cagado, se sentía culpable de haberle dejado ahí tirado, sólo pensaba en él, en que tendría que haberse quedado allí charlando con un café en su zurda mano y en la derecha un libro abierto.
Entró en los soportales y abrió bruscamente la puerta del bar, bajó corriendo y se acercó a la mesa donde antes estaban. Ahí estaba, sentado en la misma silla, con un libro en la mano y bebiendo una jarra de cerveza, como la primera vez que le vio. Se acercó rápidamente y se sentó.
-Perdóname, no debí irme, menos mal que sigues aquí, he venido lo más rápido que he podido, lo siento. -Levantó la mirada, apagada y entristecida.
-Estás empapada. -Dijo con voz lúgubre. -Sí. Ha comenzado a llover mientras corría y no tenía capucha. ni cachuscas.
-¿Cachuscas? Será katiuskas. -Dijo con una pequeña sonrisa de medio lado.
-Calla, calla. Cachucas. -Repitió riéndose. ¿Estás bien?
-Sí. -Dijo apagado.
-Sé que no, ¿quieres hablar conmigo? -Le cogió de la mano.
-No, además. Es la hora de la comida, tendrás que comer ¿no?
-Me da igual, quiero hablar contigo, siento mucho haberme ido. Sé que no estás bien, cuéntame.
No conseguía que soltara palabra, ella no paraba de disculparse y él con sus ojos apagados decía que no hacía falta pedir perdón.

Estuvieron hablando hasta las cuatro de la tarde.

-Vaya, son las cuatro y no hemos comido. ¿Te apetece ir a comer a algún lado? -Dijo ella mirando si tenía dinero suficiente en la cartera.
-Me encantaría pero, debo irme, me esperan en casa y creo que hoy tengo comida familiar. -Sonrió y añadió. -Muchísimas gracias por haberme consolado, sí, estaba mal pero son cosas sin importancia, estoy bien ahora gracias a ti, por cierto, ten. -Le dio un libro. -Me lo terminé ya, te gustará, estoy segurísimo de ello.
-Muchísimas gracias, volveré para leérmelo. Por cierto, toma. -Le dio en un papel su número de móvil. -¿No pretenderás que te deje de hablar, no? Gracias por seguir en el bar, de verdad.
Él le dio otro papel con el suyo, se dieron dos besos y él se marchó del bar, ella se quedó leyendo un rato su nuevo libro que le había recomendado.
La metamorfosis. Kafka.

miércoles, 26 de febrero de 2014

No todo lo que brilla parece iluminar

Se levantó de su silla y fue a pedir una ronda más. Para él una cerveza extrenjera, apenas comocida en los bares de aqella ciudad y para ella un zumo de naraja, apenas no bebía.
La camarera les invitó a patatas fritas.

La mañana pasaba lenta mientras ellos, aislados de la luz de una fría mañana de Septiembre, debatían sobre libros, filosofía y música.

De repente, e inesperadamente, llegó su mejor amigo, un chico de estatura media, moreno y fornido, un cachas vaya. Se presentó, se sentó y comenzó a hablar. A ella la había llamado la atención y no muy tarde la conversación ya era entre tres y bastante menos profunda e íntima.

Ella atendía mientras él empezaba a sentir frío. Algo le oprimía el pecho mientras la veía mirar a su mejor amigo. Sentía que la pequeña luz cada vez más enfocaba a una nueva pareja y el volvía a quedarse en la sombra.

Comenzó a leer la contraportada de su libro.
Se quedó sin libro en apenas no mucho rato, había devorado el epílogo, prólogo y ya sabría dibujar practicamente la portada de memoria. Dejó el libro en la mesa cuando oyó a su amigo decirle que se marchaban, ella le dedicó una mirada, se levantaron y tras una breve despedida se marcharon.

Él se quedó sentado y simplemente sentía dolor, veía su gran mirada a apenas una mesa de distancia y no se la podía sacar de la cabeza, su humilde y, cuanto menos, típica sonrisa; dientes descolocados y de colmillos salientes. Piel morena y pelo liso y no muy largo.

Pensó que sería diferente, que una cabeza le pesaría más que unos músculos. Que la sombra acogedora y duradera podría tomar más importancia en su cabeza que la tontería, chulería y típica apariencia.

Creyó haber conocido a quien pudiera iluminarlo y sacarlo de su sombra y solo pudo quedarse sentado viendo su brillante silueta marchar.

jueves, 20 de febrero de 2014

La melodía de fondo de un lúgubre bar.

"Ay, está mirando hacia aquí, creo" Ella no veía del todo bien, él estaba en la barra del bar y ella al fondo, no distinguía bien hacia donde miraban los ojos. Le había reconocido con facilidad, negro, pelo largo zapatos marrones. Era muy fácil.
Comenzó a acercarse a ella, no esbozó sonrisa alguna. Ella, nerviosa agachó la vista y miró la mesa vacía. Notaba el crujido de la madera del suelo al acercarse el joven hacia ella. Nerviosa, atacada. 
No le conocía de nada, sin embargo le había reconocido sólo por su vestimenta y había aceptado quedar en un bar, un domingo por la mañana, podría ser un violador. Pero ahí estaba ella. Viendo cómo sus pies se acercaban lentamente a su mesa, el corazón le latía fuerte y no sabía cómo reaccionar.
Llegó a la mesa y ella se levantó.
-Hola. -Dijo él, una sonrisa se dibujó en su rostro, perfectamente definido, tenía la mandíbula perfecta, cuadrada y definida, los labios finos, boca pequeña y ojos caídos, desprendían felicidad al fusionarse con esa sonrisa. "Tiene cara de niño, que monada" Pensó ella. 
Se acercó a él y le dio dos besos, también le saludó pero con otra sonrisa, se mantuvo callada.
Ambos se sentaron a la vez. 
-Mira, te he traído una pequeña lista de libros que tienen aquí, me los he leído y son muy buenos. Si te gusta leer sobre filosofía y paranoias, te encantarán. -Dijo él acercándole la hoja a su mano que estaba sobre la mesa. 
-Vaya, gracias. -Dijo sonriente ella, cogió la hoja y comenzó a leer, algunos eran biografías, otros ensayos, ponía el número de páginas que tenían, no superaban de las ciento veinte, más o menos. 
Parecía un chico majo, el flequillo le llegaba a las cejas y apenas podía ver la expresión de estas, su rostro tan infantil era muy adorable, tendría su edad más o menos, tampoco se había fijado mucho si tenía una biografía en su cuenta de twitter, ni seguidores ni nada. Ahora comenzarían la ronda de preguntas, imaginaba.
-Espero que te gusten. -Dijo mirándola a lo ojos. Sonreía.
-Bueno, ¿cómo te llamas? -Sí que se fijó en que no ponía su nombre real, era una palabra extranjera.
-Calma calma. -Se rió.

Se quedó mirando la mano del chico. -¿Eres guitarrista verdad? -Le dijo mirándole aún sus dedos.
-¿Cómo lo sabes? -Estaba sorprendido. "Vaya, qué observadora"
-Tus manos, tus uñas largas y perfiladas para tocar más cómodo. Es fácil de distinguir. -Le miró a los ojos. Ambos se quedaron mirando el uno al otro, ella levantó la ceja izquierda.  Él se rió e hizo un esfuerzo de levantarla, pero se le subían las dos, no se arqueaban, podía verlo más o menos a través de su flequillo moreno. Sus cejas le daban un aire muy serio, muy calmado. Era bonito el contraste de su rostro con la expresión seria que le hacían unas cejas tan rectas. La verdad, era muy guapo.
-Vaya, ¿sabes de música? Yo solo toco la guitarra, sé un poco de solfeo e intento componer, aunque son melodías sencillas. -Se sonrojó.
-Sí, toco el piano desde los cuatro años, acabé hace dos y sé un poco de guitarra, pero no mucho, la verdad. -Tenía la mano en la mesa, apoyada. Él acercó la suya y se la cogió. -¡Es cierto! tienes dedos de pianista, finos, largos y perfectos. Aunque el meñique... -¡Calla!- Se rió. Todo el mundo se lo decía, tenía los dedos meñiques  muy pequeños, pero eso no le impedía tocar con total soltura y buena apertura.
"Vaya, es músico, qué genial"
-Pero, no me considero músico, no soy de conservatorio. -Se le cambió el gesto de la cara a ella. -¡Claro que eres músico! Yo siempre he dicho que músico no se es; se siente. Ahí. -Señaló a su corazón, él miró el dedo y su pecho. Sonrió.
Volvió a mirar el papel que aquel chico le había dado, echó un vistazo rápido de nuevo a cada libro, entre ellos se encontraba la biblia. -¿La biblia? ¿Te la has leído? -Sí, leído, subrayado e interpretado. No creo en ella,  es un libro de pequeñas alegorías, del cual se ha creado una religión, tomarse todo al pie de la letra, es matar a los poetas. ¿No crees? Son metáforas, no existe una realidad inmediata, hay que comprenderlo.
Se quedó pensativa, ella tampoco creía, tenía muchísimos libros acerca del cristianismo y profecías, era extraño, qué casualidad, una más.
-Yo tengo varios libros sobre el significado literal de los evangelios, por qué utilizan distintos elementos y demás, están muy bien, te los podría dejar. Si quieres. -Dijo ella con una pequeña sonrisa.
-No estaría mal, muchísimas gracias, entonces, te veré más días, por lo entendido, ¿no?
Ella sonrió, era un chico muy amable. Le había encantado.

Y ahí siguieron, una mañana de domingo, a la lúgubre luz de una lámpara de lectura en la pared, en una mesa de dos, al final de un desapercibido bar.