lunes, 2 de junio de 2014

Segundo y primer día.

Y no dejaba de pensar en él, iba sola en el autobús escuchando música, no se percataba de en qué parada estaba, sólo pensaba en que tal vez debería haberle dado un beso en la mejilla o haberle mirado con ojos, para que él notara algo. Su corazón no dejaba de latir.

Se pasó de parada, tuvo que retroceder para llegar a su casa, hacía muy bueno y tenía las manos algo manchadas de óleo. Le había hecho mucha ilusión volver a pintar en su antigua academia, le había hecho más ilusión verle.
Entró en casa y corrió al ordenador, sin limpiarse las manos ni nada. Voló a encenderlo y abrió su blog. Debía escribir lo que sentía.

Era una de esas chicas que cuando tenía un sentimiento en mente, necesitaba expresarlo, necesitaba compartirlo de forma indirecta, un poema, una entrada, una historia.
No había nadie en casa, puso la música baja, música instrumental que le ayudaba a ponerse en situación (cada uno tenía sus manías) y comenzó.
Por primera vez en su vida, las palabras, metáforas surgían solas, no necesitaba pensarlas, salía todo como fluido.

No tardó mucho en escribirlo, era feliz sólo porque alguien lo leyera, le gustó el resultado.

No había mirado el móvil desde que se despidió de él, lo tenía en silencio. Miró y tenía muchos mensajes, pero sólo abrió el suyo.

Ey, ¿ya estás en casa? ¿Qué tal estás?

Parecía una cría, eufórica por su mensaje, como si tuviera doce años y fuera el primer chico por el que se había quedado pillada, estaba feliz, se le notaba en los ojos.

                                                                      ***

Segundo día de clase y no podía levantarse, siete de la mañana y tocaba Lengua con la directora, no mucha gracia le hizo al mirar el horario.

BUENOS DÍAS -Le había enviado un mensaje a las siete. Amenizándole la mañana desde primera hora de la mañana. Eran buenos días desde luego, siguieron hablando.

La mañana se hizo eterna, desde segundo día con apuntes y deberes, y comenzaba en el conservatorio su último curso hoy, miró el horario y tenía una hora libre.
<<No puede ser, ¿qué hago en una hora libre?>> Pensó, tenía ganas de verle y charlar con él, muchas. Le pareció buena idea el avisarle y si pudiera pasarse a tomar algo esa hora, si no le importaba, ansiaba que respondiera afirmativo. Esperó su respuesta.

sábado, 26 de abril de 2014

¿Me dibujas tu arte?

Se hacía tarde, el sueño le había vencido y llegaba tarde a pintura. No le apetecía, estancado durante semanas en cuadros, practicamente bocetos, sosos y aburridos. Pero el pagaba y en el fondo le gustaba y al menos conocía a alguna persona, y el ambiente no le desagradaba.

Media hora tarde. Como una sombra se sentó frente a su caballete, y aislado del mundo entre su música, mezclada con un ligeramente inútil esfuerzo de plasmar su cabeza en un papel, comenzó a dibujar. Ignorado de toda posible ayuda, practicamente en soledad y repleto de gente mayor que él, pasaba las horas, pero ya casi no le salía nada. Perdía toda gana, motivo e idea que le diera un qué pintar, un porqué debía pintar.

El reloj no avanzaba desde hace horas y aún quedaba media. Por detrás una compañera empujaba su silla abriéndose paso por tal zulo de ideas y colores. Miró a su derecha y ella se sentó a su lado.
No puede ser, ella. Sus manos chocaban casi al pintar, ¿zurda? Se movían juntas pero no se chocaban, más bien parecían pedir estar juntas.
Tras unos minutos de sorpresa, admiración, preguntas y respuestas continuaron con sus respectivos dibujos.

Él no paraba de mirar hacia su lado derecho, envidiable. No se pudo contener y casi sin pensar ni tragar saliva, quedó con ella a la salida.

Acompañada de una amiga común debía marchar pronto a casa, pues llegaba tarde y a en punto debía estar. Él la acompaño mientras su amiga se quedaba por el camino.

Se quedó inmóvil y la vió marchar. Tras mucho tiempo algo parecía dibujarse en su pequeña boca, quizás se escapaba una sonrisa.

domingo, 23 de marzo de 2014

La casualidad inexistente.

Lunes; vuelta a la rutina. A clase de nuevo.
Siete de la mañana, su despertador pitaba, como un dolor agudo en la sien. "Diez minutos más, por favor" Apagó el despertador y se dio media vuelta.
Diez minutos más tarde su teléfono, situado en la mesilla se encendió. Tenía un mensaje.

"Mierda, mierda, mierda, es lunes. Como no me vista rápido no llego" El brillo del móvil afortunadamente le había despertado, pero no le hizo caso. Se levantó de un brinco, se desnudó y comenzó a mirar su armario de arriba a abajo, como cada mañana.
Cogió unos leggins, una camiseta cualquiera, sus botas granate, de esas que todo el mundo hablaba, un regalo de su padre desde Italia, de hacía un año, aún no se llevaban, pero ahora que sí, las había cogido algo de manía. Aún así se las puso, su cazadora militar y listo. La apoyó en el mueble de la entrada y se fue a la cocina a desayunar mientras repasaba algunos apuntes del ordenador.
El móvil se volvió a encender, pero estaba en su mesilla y ella en la cocina. Seguía repasando algunos apuntes para no perderse en las clases del día.
Tostada, leche, un zumo. Lo de siempre. Recogió los platos y fue al baño a terminar de prepararse.
Las siete y media, tardaba cuarto de hora en llegar hasta su universidad y entraba a las ocho.
Se hizo una trenza, se lavó, se maquilló disimuladamente; lista.
Cogió su cartera con su ordenador, un libro para leer en el recreo, su iPod, algo de dinero y finalmente el móvil.
Cerró la puerta y salió.

Hacía ya algo de frío, tenía esperanza de que a media mañana hiciera mejor. Se puso los cascos y seleccionó el aleatorio, Ludovico. "Bien" Se dijo.
Desbloqueó el móvil y miró sus mensajes. "Vaya, no lo recordaba, antes se encendió, a ver"
Miró los mensajes, eran de un número que le sonaba, pero no le tenía guardado.

Buenos días, estarás dormida, o preparándote para ir a clase, pero quería darte las gracias por ayer, por disculparte y volver a aparecer. Buen día.


Ah, y espero que te guste el libro.

Sonrió, "qué chico tan majo, de verdad"

                                                                              ***

Cansada, agotada, hasta el portátil le pesaba, eran las tres, tocaba comer. Tardó más de lo habitual en llegar a casa, se había parado a leer un rato en un banco cerca de la plaza de la universidad.
Cuando llegó a casa, se cambió de ropa, un chándal para estar más cómoda y se hizo la comida; macarrones y ensalada.
Tenía clase de pintura a las seis, tenía hasta entonces tiempo para ensayar o estudiar. Los exámenes eran en dos meses.
No tardó mucho en terminar de comer, fregó lo del desayuno y la comida y se sentó en su mesa de estudio, en su habitación a estudiar lo que habían dado por la mañana.
La carrera de periodismo era preciosa, muy bonita y más si te encanta lo que haces, le encantaba.

Estudiando hasta las cinco y media, era hora de cambiarse de nuevo para ir a pintar dos horitas, le apetecía, más que de costumbre. Y la verdad, siempre tenía muchas ganas de ir.
Se deshizo el moño que se había hecho para estudiar y se volvió a trenzar el pelo, se puso una chaqueta, una pequeña mochila con dinero, su libro, el móvil y el iPod y salió.
La academia estaba más o menos a diez minutos, iba con tiempo, paso lento y disfrutando de las canciones que el aleatorio le había dado. Fijándose en la gente que pasaba, con prisas, gente en grupo, tomando algo en un bar, charlando, parejas, todo lleno de parejas.
"Me encantaría tener novio, pero cuando he tenido, me he cansado porque no es como yo, ojalá hubiera alguien como yo y poder pasar la vida con él, sería maravilloso"
Seis menos cinco, llamó a la puerta de la academia para que la abriesen. Entró, atravesó dos pasillos y llegó al estudio donde pintaba. Entró.
Como siempre los buenos días, ella era la más joven y admiraba mucho a la gente mayor que iba a pintar, y cómo pintaba. Pero notó la presencia de alguien más, estaba en uno de los caballetes de madera, al lado uno libre, dejó sus cosas en la silla del de al lado y fue a por su lienzo.
Lo colocó, se lo colocó para ella, a su altura y sacó las cosas de su maletín que estaba en el estudio.
El joven miró un segundo su rostro y un choque inmediato de miradas.
-Pero, ¡Yo te conozco!

¿En serio? ¿Casualidad? ¿Qué es eso de las casualidades?

domingo, 9 de marzo de 2014

Un trago matutino de cansancio

Había pasado, se había marchado con él. Y los había visto marchar, no podía evitarlo y era su decisión. Una vez más anteponía la felicidad ajena a la suya y, como era lógico, no era quién para interponerse ni siquiera para dar opinión. La había conocido no hace mucho y casi no sabía nada de ella. Se quedó allí pensando y al rato buscó un refugio, una historia ajena donde poder olvidar la suya, su libro.
Agachó la cabeza y siguió leyendo.

No recordaba mucho de la historia ya que no se acababa de concentrar, pidió otra ronda, aún quedaba tiempo antes de comer. Quizás se le estaba subiendo un poco todo, las emociones se le subían y se empezaba a rallar, el alcohol en sangre subía poco a poco mientras su vaso iba quedando sediento, estaba cansado.

De pronto oyó unos pasos rápidos, no levantó la cabeza, no esperaba a nadie. Lo hizo cuando ya vio la silla de enfrente moverse tras su flequillo, ¿ella?
Empapada, fatigada posiblemente de correr bajo la lluvia, estaba claro pero él no quería ni pensar. Ella intentaba sacarle palabra y sonrisa, incluso le intentó animar haciendo que dejara al margen su libro y solo la mirara a los ojos. Apenas funcionó, pero consiguió sacarle palabra, solo ella podía, ¿solo ella?

Tenía hambre y volvía a pensar de nuevo, no eran horas y sintiéndolo mucho se despidió brevemente y se fue a comer. Ella se quedó allí leyendo.

*  *  *

Apenas tenía hambre pero en casa no debían notarlo, la lluvia había amainado y parecía volver a despejar.
Serían las 5 de la tarde y le dolía la cabeza, bajó a su cuarto y se metió a la cama hasta nuevo despertar, sintió su móvil vibrar en su mesilla de noche, no estaba para nadie asique durmió hasta el día siguiente, por poner fecha. Los sentimientos le habían invadido y hundido, quizás sentía traición o sólo era soledad pero quien solo podía acogerlo en aquellos momentos era su cama y allí debía permanecer hasta que le echara de su lado.

domingo, 2 de marzo de 2014

Lluvia corre bajo el suelo

Iban caminando, ella miraba constantemente el suelo, sonrojada. Acababa de conocer a ese chico, acababa de aparecer en medio de la conversación de aquel misterioso chico.
Caminaban, era la hora de comer. Él la miraba y se reía, comenzó la conversación.
-Bueno, cuéntame algo de ti, ¿cuántos años tienes? -Le preguntó mirándole al escote, la verdad no era pronunciado pero era bajita y él alto, se podía notar. Ella cambió el gesto de la cara y se abrochó la chaqueta.
-Dieciocho, recién cumplidos. ¿Tú?
-¿Eres tan pequeña? Aparentabas más, la verdad, tengo veinte, pero bueno, también me gustan pequeñas. -Se rió.
"¿Pequeñas? Pero si son dos años, ¿a dónde quiere llegar este hombre?" Hizo gesto de indiferencia y siguieron caminando, sin rumbo.
Llegaron a la ribera del río de la ciudad, se sentaron en un banco y siguieron hablando. Él de vez en cuando la llamaba enana, por ser bajita, imaginaba. Tenía unos aires de superioridad y de creído increíbles, pero le atraía.
-¿Vives aquí? -Le preguntó él. Esta vez su mirada estaba centrada en sus ojos.
-Sí, mis padres se mudaron a Santander y yo me quedé en un piso del centro para hacer mi carrera.
-Así que vives sola, no te sentirás un poco...no sé, ¿sola? Te vendría bien un poco de compañía masculina, un domingo gris como el de hoy. -Se acercó a ella, el día era azul.
Ella se rió y se sonrojó, agachó la cabeza y al levantarla le tenía de frente, su nariz casi se choca con la de él, podía ver las betas de sus ojos, podía ver cómo la pupila se dilataba. Podía ver cada pestaña negra. Él la agarró de la cintura, se fue acercando poco a poco, muy poco a poco, sonreía.
Comenzó a dudar. "Un segundo, ¿el otro chico? Le he dejado solo, había quedado con él, mierda, ¿dónde estará ahora? No tengo su número, mierda" Sus ojos se movían de un extremo a otro, tenía los labios del chaval prácticamente pegados a los suyos, se apartó.
-Lo siento debo irme, se me ha olvidado hacer algo muy importante, perdóname, otro día nos vemos, ¿vale? -Se levantó, cogió el bolso y comenzó a caminar.
-Pero, no tengo tu número. ¿Cómo podre hablarte? -Ella regresó, cogió su móvil y marcó su número, se autollamó para poder tenerle ella también y él lo guardó. Salió corriendo en dirección al bar.
   
                                                                     ***

Comenzó a llover, estaba a punto de llegar al bar. Hacía tan sólo diez minutos, en aquel banco de la ribera había un sol espléndido, ahora estaba jarreando y su trenza se estaba calando, su maquillaje corriéndose, podía notarlo por sus poros de la cara. Estaba a punto de llegar, no podía parar de pensar en el chico del bar, la había cagado, se sentía culpable de haberle dejado ahí tirado, sólo pensaba en él, en que tendría que haberse quedado allí charlando con un café en su zurda mano y en la derecha un libro abierto.
Entró en los soportales y abrió bruscamente la puerta del bar, bajó corriendo y se acercó a la mesa donde antes estaban. Ahí estaba, sentado en la misma silla, con un libro en la mano y bebiendo una jarra de cerveza, como la primera vez que le vio. Se acercó rápidamente y se sentó.
-Perdóname, no debí irme, menos mal que sigues aquí, he venido lo más rápido que he podido, lo siento. -Levantó la mirada, apagada y entristecida.
-Estás empapada. -Dijo con voz lúgubre. -Sí. Ha comenzado a llover mientras corría y no tenía capucha. ni cachuscas.
-¿Cachuscas? Será katiuskas. -Dijo con una pequeña sonrisa de medio lado.
-Calla, calla. Cachucas. -Repitió riéndose. ¿Estás bien?
-Sí. -Dijo apagado.
-Sé que no, ¿quieres hablar conmigo? -Le cogió de la mano.
-No, además. Es la hora de la comida, tendrás que comer ¿no?
-Me da igual, quiero hablar contigo, siento mucho haberme ido. Sé que no estás bien, cuéntame.
No conseguía que soltara palabra, ella no paraba de disculparse y él con sus ojos apagados decía que no hacía falta pedir perdón.

Estuvieron hablando hasta las cuatro de la tarde.

-Vaya, son las cuatro y no hemos comido. ¿Te apetece ir a comer a algún lado? -Dijo ella mirando si tenía dinero suficiente en la cartera.
-Me encantaría pero, debo irme, me esperan en casa y creo que hoy tengo comida familiar. -Sonrió y añadió. -Muchísimas gracias por haberme consolado, sí, estaba mal pero son cosas sin importancia, estoy bien ahora gracias a ti, por cierto, ten. -Le dio un libro. -Me lo terminé ya, te gustará, estoy segurísimo de ello.
-Muchísimas gracias, volveré para leérmelo. Por cierto, toma. -Le dio en un papel su número de móvil. -¿No pretenderás que te deje de hablar, no? Gracias por seguir en el bar, de verdad.
Él le dio otro papel con el suyo, se dieron dos besos y él se marchó del bar, ella se quedó leyendo un rato su nuevo libro que le había recomendado.
La metamorfosis. Kafka.

miércoles, 26 de febrero de 2014

No todo lo que brilla parece iluminar

Se levantó de su silla y fue a pedir una ronda más. Para él una cerveza extrenjera, apenas comocida en los bares de aqella ciudad y para ella un zumo de naraja, apenas no bebía.
La camarera les invitó a patatas fritas.

La mañana pasaba lenta mientras ellos, aislados de la luz de una fría mañana de Septiembre, debatían sobre libros, filosofía y música.

De repente, e inesperadamente, llegó su mejor amigo, un chico de estatura media, moreno y fornido, un cachas vaya. Se presentó, se sentó y comenzó a hablar. A ella la había llamado la atención y no muy tarde la conversación ya era entre tres y bastante menos profunda e íntima.

Ella atendía mientras él empezaba a sentir frío. Algo le oprimía el pecho mientras la veía mirar a su mejor amigo. Sentía que la pequeña luz cada vez más enfocaba a una nueva pareja y el volvía a quedarse en la sombra.

Comenzó a leer la contraportada de su libro.
Se quedó sin libro en apenas no mucho rato, había devorado el epílogo, prólogo y ya sabría dibujar practicamente la portada de memoria. Dejó el libro en la mesa cuando oyó a su amigo decirle que se marchaban, ella le dedicó una mirada, se levantaron y tras una breve despedida se marcharon.

Él se quedó sentado y simplemente sentía dolor, veía su gran mirada a apenas una mesa de distancia y no se la podía sacar de la cabeza, su humilde y, cuanto menos, típica sonrisa; dientes descolocados y de colmillos salientes. Piel morena y pelo liso y no muy largo.

Pensó que sería diferente, que una cabeza le pesaría más que unos músculos. Que la sombra acogedora y duradera podría tomar más importancia en su cabeza que la tontería, chulería y típica apariencia.

Creyó haber conocido a quien pudiera iluminarlo y sacarlo de su sombra y solo pudo quedarse sentado viendo su brillante silueta marchar.

jueves, 20 de febrero de 2014

La melodía de fondo de un lúgubre bar.

"Ay, está mirando hacia aquí, creo" Ella no veía del todo bien, él estaba en la barra del bar y ella al fondo, no distinguía bien hacia donde miraban los ojos. Le había reconocido con facilidad, negro, pelo largo zapatos marrones. Era muy fácil.
Comenzó a acercarse a ella, no esbozó sonrisa alguna. Ella, nerviosa agachó la vista y miró la mesa vacía. Notaba el crujido de la madera del suelo al acercarse el joven hacia ella. Nerviosa, atacada. 
No le conocía de nada, sin embargo le había reconocido sólo por su vestimenta y había aceptado quedar en un bar, un domingo por la mañana, podría ser un violador. Pero ahí estaba ella. Viendo cómo sus pies se acercaban lentamente a su mesa, el corazón le latía fuerte y no sabía cómo reaccionar.
Llegó a la mesa y ella se levantó.
-Hola. -Dijo él, una sonrisa se dibujó en su rostro, perfectamente definido, tenía la mandíbula perfecta, cuadrada y definida, los labios finos, boca pequeña y ojos caídos, desprendían felicidad al fusionarse con esa sonrisa. "Tiene cara de niño, que monada" Pensó ella. 
Se acercó a él y le dio dos besos, también le saludó pero con otra sonrisa, se mantuvo callada.
Ambos se sentaron a la vez. 
-Mira, te he traído una pequeña lista de libros que tienen aquí, me los he leído y son muy buenos. Si te gusta leer sobre filosofía y paranoias, te encantarán. -Dijo él acercándole la hoja a su mano que estaba sobre la mesa. 
-Vaya, gracias. -Dijo sonriente ella, cogió la hoja y comenzó a leer, algunos eran biografías, otros ensayos, ponía el número de páginas que tenían, no superaban de las ciento veinte, más o menos. 
Parecía un chico majo, el flequillo le llegaba a las cejas y apenas podía ver la expresión de estas, su rostro tan infantil era muy adorable, tendría su edad más o menos, tampoco se había fijado mucho si tenía una biografía en su cuenta de twitter, ni seguidores ni nada. Ahora comenzarían la ronda de preguntas, imaginaba.
-Espero que te gusten. -Dijo mirándola a lo ojos. Sonreía.
-Bueno, ¿cómo te llamas? -Sí que se fijó en que no ponía su nombre real, era una palabra extranjera.
-Calma calma. -Se rió.

Se quedó mirando la mano del chico. -¿Eres guitarrista verdad? -Le dijo mirándole aún sus dedos.
-¿Cómo lo sabes? -Estaba sorprendido. "Vaya, qué observadora"
-Tus manos, tus uñas largas y perfiladas para tocar más cómodo. Es fácil de distinguir. -Le miró a los ojos. Ambos se quedaron mirando el uno al otro, ella levantó la ceja izquierda.  Él se rió e hizo un esfuerzo de levantarla, pero se le subían las dos, no se arqueaban, podía verlo más o menos a través de su flequillo moreno. Sus cejas le daban un aire muy serio, muy calmado. Era bonito el contraste de su rostro con la expresión seria que le hacían unas cejas tan rectas. La verdad, era muy guapo.
-Vaya, ¿sabes de música? Yo solo toco la guitarra, sé un poco de solfeo e intento componer, aunque son melodías sencillas. -Se sonrojó.
-Sí, toco el piano desde los cuatro años, acabé hace dos y sé un poco de guitarra, pero no mucho, la verdad. -Tenía la mano en la mesa, apoyada. Él acercó la suya y se la cogió. -¡Es cierto! tienes dedos de pianista, finos, largos y perfectos. Aunque el meñique... -¡Calla!- Se rió. Todo el mundo se lo decía, tenía los dedos meñiques  muy pequeños, pero eso no le impedía tocar con total soltura y buena apertura.
"Vaya, es músico, qué genial"
-Pero, no me considero músico, no soy de conservatorio. -Se le cambió el gesto de la cara a ella. -¡Claro que eres músico! Yo siempre he dicho que músico no se es; se siente. Ahí. -Señaló a su corazón, él miró el dedo y su pecho. Sonrió.
Volvió a mirar el papel que aquel chico le había dado, echó un vistazo rápido de nuevo a cada libro, entre ellos se encontraba la biblia. -¿La biblia? ¿Te la has leído? -Sí, leído, subrayado e interpretado. No creo en ella,  es un libro de pequeñas alegorías, del cual se ha creado una religión, tomarse todo al pie de la letra, es matar a los poetas. ¿No crees? Son metáforas, no existe una realidad inmediata, hay que comprenderlo.
Se quedó pensativa, ella tampoco creía, tenía muchísimos libros acerca del cristianismo y profecías, era extraño, qué casualidad, una más.
-Yo tengo varios libros sobre el significado literal de los evangelios, por qué utilizan distintos elementos y demás, están muy bien, te los podría dejar. Si quieres. -Dijo ella con una pequeña sonrisa.
-No estaría mal, muchísimas gracias, entonces, te veré más días, por lo entendido, ¿no?
Ella sonrió, era un chico muy amable. Le había encantado.

Y ahí siguieron, una mañana de domingo, a la lúgubre luz de una lámpara de lectura en la pared, en una mesa de dos, al final de un desapercibido bar. 

domingo, 16 de febrero de 2014

Hermanos desconocidos

Entraba el Sol por la ventana y eso le despertó.
Había dormido apenas un puñado de horas y no recordaba si algunos pensamientos eran recuerdos de aquella noche o provenían de sus sueños. No dejaba de darle vueltas como una desconocida se había metido tanto en su cabeza y tan rápido. Miró el móvil y vio que tenía un nuevo seguidor, seguidora, era ella.
Algo le hizo pensar que necesitaba ver su rostro de nuevo, pensó en tratarla como a una twitera, como a una curiosa chica porque eso es lo que sentía él, curiosidad.
Curiosidad del porqué su cabeza actuaba así, por qué sus impulsos eran mayores a su razón.
Necesitaba indagar más sobre ella y, armado de valor, le mandó un mensaje.

*  *  *
Era domingo, y como cada domingo se levantaba, descolgaba una de sus guitarras eléctricas de la pared y ensayaba un par de horas hasta que, a mediodía más o menos, volvía al bar a leer otro rato.
No llevaba ni media hora cuando oyó su móvil vibrar. Un domingo por la mañana, nadie le esperaba, nadie le necesitaba, ¿o si? El caso es que el móvil vibró.

Sus ansias de verla aumentaron exponencialmente cuando sus sospechas, que comenzaron la noche pasada, se resolvieron favorablemente. Era ella, la gustaba leer y encima filosofía, como a él. Algo extraño y poco común.
Necesitaba verla, resolver dudas, aclarar ideas. Volvió a mirar el móvil y la mandó un mensaje, una citación, quería quedar con ella.

Podría haberse callado, podría no haber hecho nada, pero lo hizo y no comprendía por qué. Se sentía raro, normal dada la situación. Se acercaba la hora y no había recibido respuesta, no sabría si aparecería, se limitó a seguir tocando como método de relajación hasta el momento indicado.

Se vistió, cogió su abrigo donde estaba su libro y tras haber colgado su guitarra salió de casa.

*  *  *

Se acercaba a su bar y por una vez en su vida temía por sí mismo, sus pintas, de negro siempre; su forma de ser que no le aseguraba un ataque de nervios retroactivos haciendo parecer delante de ella un tímido antisocial. Eso si aparecía.

*  *  *

Entró y ahí estaba, intento no mirarla a la cara, distraerse y solo dirigirse a la barra, pues ella venida muy bien vestida, algo informal y con toque militar. Pidió una cerveza se giró y la miró.

Ella le estaba mirando él la miraba, se aventuró y comenzó a andar hacia ella.

Pasos contrarios a la noche.

Las diez de la mañana. "No sé qué hago despierta" Se dijo a sí misma. Hacía tan sólo un año, estaría de exámenes, ahora estaba de fin de semana de descanso. Domingo. Los solía aprovechar para escribir, leer. En el salón de su casa, había un ventanal que cubría del suelo al techo, desde ahí podía ver Valladolid completo. Tenía unas cortinas de forma que desplegadas a ambos lados de la ventana podía ver el exterior y colocó allí un sillón donde podría leer viendo el paisaje de una pequeña ciudad donde se había criado.
Se levantó perezosamente y subió las persianas de su habitación, era del tamaño de un salón mediano, allí tenía su piano, caballete con todas sus pinturas y paleta, lleno de cuadros por el suelo y un escritorio blanco lleno de libros de la universidad, un portátil con pegatinas de algunos grupos de rock, dos guitarras colgadas de la pared, una eléctrica Gibson azul y una electroacústica personalizada Fender. Tenía una pequeña estantería repleta de libros, completamente. No cabía ni uno más, un lado de las paredes cubierto por un armario empotrado donde tenía toda su ropa. Las lámparas de toda la casa excepto baño y cocina eran telas de araña que se había traído de su bisabuela desde Holanda, le gustaban mucho y decidió llevárselas, cayeron en desuso desde que ella murió cuando ella tenía doce años.
Todos los huecos libres que quedaban en las cuatro paredes estaban llenos de posters, partituras y fotos de ella con sus antiguas amigas del colegio. Por eso los cuadros estaban en el suelo. No cabía nada más. Se había comprado el piso hacía sólo unos meses, Septiembre, para ser exactos, cuando destinaron a su padre fuera de la ciudad.
Se recogió el cabello en una coleta y fue a desayunar a la cocina. Arrastraba los pies por el largo pasillo, la cocina era la sala siguiente a su habitación, que estaba en el recibidor de la casa.
Era muy simple, en el frigorífico había postales de todos los países que había visitado. Francia, Portugal, Italia y Holanda.
Desayunó algo desganada y regresó a la habitación para recoger un poco antes de salir a dar una vuelta mañanera.
Cogió su teléfono, lo desbloqueó y, para su sorpresa, tenía un mensaje.

Hola, tal vez no sepas ni quien soy, probablemente sea un desconocido para ti pero, creo que fuiste tú la chica que escribió esto en mi libro.

Adjuntó una foto del libro abierto con el post-it y su letra.

¿Te gusta leer? 

Fin del mensaje, tocaba responder. "Ay, ay, joder" Se había puesto colorada, no sabía qué responder, no sabía si responder si quiera. Se sentó en la cama y pensó qué decirle. "Sí, me gusta mucho leer, suelo...NO, no no, algo más.. No sé, bah, lo primero que se me ocurra"

Sí, bastante, suelo leer filosofía o libros de conspiración, no lo suele leer la gente.

"Ay, joder, ha quedado muy 'soy diferente y me creo especial' la he cagado, mierda" Se tiró de bruces en la cama y dejó el móvil a su lado, lo miraba cada pocos segundos, no llegaba nada.
El mensaje había sido enviado a las nueve, eran las once pasadas, y no tenía tweets desde las diez, tal vez no estaba al móvil. Comenzó a darle vueltas, literalmente daba vueltas en la cama como una croqueta, nerviosa. "¿Por qué estoy nerviosa, si no le conozco?"
Se encendió la pantalla de su ordenador. NUEVO MENSAJE DIRECTO
Nerviosa, puso el código de desbloqueo mal cinco veces, se bloqueó el móvil durante un minuto, un minuto largo, eterno.
Lo desbloqueó despacio, clic.

A mi mucho, también leo libros de ese tipo, me gusta mucho. Suelo ir a ese bar todos los días, podrías pasarte por aquí hoy, por la mañana, entre las doce y las dos suelo ir a leer, es un buen plan de domingo. ¿No crees? Será un placer hablar contigo.

"¿Me está pidiendo que vaya? ¿Un desconocido está quedando conmigo?" La apariencia de aquel chico la noche anterior era bastante buena y la sensación que le transmitía era proporcional. Le estaban entrando nervios. Eran las once y veinte. El bar está a diez minutos de su casa. ¿Y si era mentira? ¿Y si él no iba a ir? Bueno, probemos suerte.

Se desnudó y puso la música a tope, comenzó a bailar para distraerse de los nervios. No era de las mujeres que solían arreglarse en una cita. Nunca había tenido una.
La calefacción estaba puesta y por ello podía permitirse el lujo de estar bailando en bragas y sujetador por toda la casa mientras elegía la ropa. "Veamos, hace frío. Esto no, esto no, no, no, tampoco, no, arg" Iba pasando rápidamente las perchas de su armario. Al final, cogió unos vaqueros, sus botas militares, una camisa de tirantes, una chaqueta ancha de cuando su madre tenía veinte años, la verdad era muy bonita, su abrigo militar y una bufanda. Se trenzó el cabello como la noche anterior, bueno en realidad, como todos los días del año. Un poco de maquillaje para tapar y la raya y preparada.

"Las doce menos cuarto" Genial.
Cogió el bolso y salió, se puso los cascos y fue caminando por la calle. El Sol iluminaba radiante en lo alto del cielo y, ni rastro de las nubes, aún así, el suelo estaba encharcado. Iba bastante nerviosa, no sabía ni el tono de voz de él, ni si recordaría con exactitud su cara, ni cómo se saludarían, ni nada.

Llegó al bar, se quedó mirando el cristal unos instantes, y se decidió a entrar.
Una mañana de domingo, una mañana más.

Era la primera en llegar, lo notó por ser la única en el bar, a parte de una señora mayor, leyendo "Orgullo y prejuicio" al lado de la estantería de Clásicos.
Recorrió los mismos pasos de anoche, se sentó en la misma mesa y comenzó a leer el libro que había cogido la noche anterior.
Esperó ansiosa.

sábado, 15 de febrero de 2014

Actuar antes de dormir

Había perdido la noción del tiempo, caminaba con la cabeza baja mirándose los pies, empapado bajo la lluvia, aislado del mundo por la música que salía de sus auriculares, como siempre.
No paraba de darle vueltas, esa chica se le había quedado mirando, esa chica había aparecido allí por casualidad, justo ese día en que él estaba a punto de acabar un libro que le encantaba y que no pudo acabar por la distracción que le había provocado la silueta de aquella mujer.
Él era un cliente habitual y no la había visto nunca, justo ese día. Sabía que le estaba mirando sin siquiera haber levantado la cabeza, sabía que por un momento a ella le importaba sin siquiera haber intercambiado palabra.

Se detuvo. Era de noche, muy de noche y prácticamente las calles se hallaban vacías. Ya no corrían ni las almas y las nubes tapaban la Luna.
No sentía frío, estaba acostumbrado.

Llegó a su portal y ella seguía en su cabeza. Pensaba cómo se había podido fijar si la luz no era abundante y el reclamaba la soledad vistiendo de negro. Había que buscarle para mirarle, algo debió llamar su atención.
Se sentó en la cama y desplegó el post-it que sujetaba fuertemente desde que había salido del bar por segunda vez.
Buscó el Twitter y cotilleó un poco a aquella señorita. Escribía, al parecer pintaba y tocaba el piano, una artista vaya. Por un momento dudó si dar el paso y estuvo al menos media hora observando solo la foto y la biografía.

Decidió leer un poco pero de tanto pensar le dolía la cabeza, se metió en la cama, puso el móvil a cargar como cualquier simple noche y se tumbó.

*  *  *

Llevaba un buen rato tumbado y no podía dormir, le faltaba algo, algo por hacer.
Levantó la cabeza, miro a su mesilla, cogió el móvil y le dio a "seguir" a aquella cuenta de Twitter inesperada. 

Caminante de oscuridad.

Poco a poco la lluvia fue amainando, se podía ver el lúgubre reflejo de la luna incidir sobre los cristales de casas sin luz, donde no había nadie. Esta vez, no llevaba los cascos puestos, no tenía ganas de escuchar música. Siguió caminando largo rato hasta que, llegó a un parque que atravesaba toda la ribera del río de su ciudad. Se sentó en un muro de piedra, de lado al río, aunque en la noche y aun siendo alumbrado por farolas, apenas se veía gran cosa, se quedó pensando. El muro estaba húmedo y frío, no tardó en darse cuenta de ello pero, no se movió.
No paraba de darle vueltas, ¿por qué se había fijado aquel chico? Tal vez el haberse quedado mirándole varias veces influía.
Sacó del bolso esa hoja que le había escrito. La volvió a leer varias veces, sin duda era letra de hombre. Cursiva, alargada y no era paralela al folio.
Un par de gotas cayeron sobre la tinta, y rápidamente lo guardó. Se quedó allí unos veinte minutos, mirando cómo la luz reflejada en el río se distorsionaba al caer gotas de lluvia. Llevaba la trenza más deshecha y despeinada que al salir de su casa.
Había comenzado la universidad ese mismo año y, vivía sola en un piso lleno de libros, lienzos, su piano, guitarras y violoncello, tenía una televisión que nunca o casi nunca usaba, sólo cuando echaban alguna película buena. Siempre leyendo, pintando, estudiando. Había hecho amigos allí, pero no le gustaba salir de fiesta, prefería la tranquilidad de una noche mirando las estrellas desde su habitación. Vivía en el centro de Valladolid, en un ático, desde su habitación podía ver, en las mejores noches las estrellas.
Comenzaba a quedarse más fría de lo que ya estaba y emprendió regreso a casa. Eran las once.
Veía pasar chicas, que no mujeres, vestidas con faldas de tubo que no le llegaban al muslo, escotes de vértigo y tacones de dos pisos. Mientras tanto ella, iba en botas militares tapada casi media cara con una bufanda que de pequeña le hizo su abuela, qué cariño le tenía.
Sus padres habían regresado por un traslado de su padre a Santander, donde vivían juntos antes de su nacimiento, en ocasiones les echaba mucho de menos, pero le gustaba estar sola.

Estando sola tengo tiempo para pensar en mi, puedo ponerme la música y comenzar a pintar. Puedo estar en silencio leyendo o tocando el piano. Caminar por la calle y pararme a mirar una tienda de música cuanto tiempo quiera, ir a una librería horas y mirar cada libro de cada sección. Tengo tiempo para escribir y dejar fluir mi imaginación. Pero por las noches nada es igual.

Y tanto que no lo era. Estar sola siempre no era bueno en su totalidad. Las noches, cuando tienes sueño pero no consigues quedarte dormido y comienzas a pensar, pensar demasiado. Pensar en todo lo que ocurre a tu alrededor y acababa recordando su pasado, el cual no es muy agradecido, la verdad. Mejor dejarlo en un recuerdo que no se volverá a recordar ni repetir.

No tardó mucho en llegar a su casa. Yendo a ella se encontró con un grupo de chicas de su universidad que le ofrecieron salir un rato, a despejarse. Ella dijo que mejor no, que quería leer un poco e irse a dormir, estaba muy cansada.
Dejó el abrigo en la entrada y fue a cambiarse a su habitación.
Dejó el bolso, empapado en el suelo y se desnudó rápidamente, tenía frío. Se puso una camiseta de su padre que le había cogido antes de que se marchara a Santander y unos leggins con calcetines hasta la rodilla. Sacó la nota del bolso y la dejó en su corcho, clavada con una chincheta en el lado superior.
Sacó su libro de éste y se tumbó en la cama a leer, hasta que se quedó dormida.
                                                           
                                                              * * *

Las tres de la madrugada. Había dejado el móvil en la mesilla y se había encendido la pantalla, lo que la despertó.
Amodorrada se dio la vuelta, entrecerró los ojos e intentó ver con nitidez la pantalla. Era una notificación de twitter. Un nuevo seguidor.
El corazón le dio un vuelco involuntario, sí era el chico de antes. Miró un poco su twitter, era una segunda cuenta, como la que ella había escrito. En ella ambos vinculaban ese twitter a un blog. Desde ahí muchas más personas podrían leerlo. Estaba muy bien la verdad, además, en esa cuenta podían poner pequeñas frases y compartir las de otros.
Miró un poco su perfil, muchos de los tweets que tenía puestos eran muy melancólicos y tristes, de vez en cuando había alguna que otra canción. Leyó después su blog.
Estuvo más de media hora leyendo y era muy melancólico, muy entristecido y apagado. "Pobre hombre" pensó, aunque se identificaba con él, el suyo tampoco era nada más feliz. Le dio a seguir en la cuenta y volvió a dormir.
Tardó una hora en que el sueño pudiera con ella, no dejaba de dar vueltas pensando en él.
"Pero si no le conozco, hasta podría ser un violador" Pensó, echó una pequeña carcajada. Poco después el sueño pudo con ella.

jueves, 13 de febrero de 2014

Casualidades no encuadernadas

Flequillo largo, delgado y de negro, siempre un libro en el bolsillo.
Un día de perros como otro cualquiera, era uno más, una sombra más. La mejor manera de relajarse era acudir allí donde la paz reinaba y podía vivir una vida que no fuera la suya.
Fanático de la cerveza y bajo la luvia, llegaba a uno de sus amados lares, cubierto de madera, polvo sobre un piano que ansía ser tocado, estanterías plagadas de libros pintaban las paredes y lamparillas alumbraban el lugar.
Ya de por sí debía bajar unas escalerillas, recogido, por debajo del mundo y, al fondo su sitio. Una pequeña mesa de madera alumbrada por un tenue farolillo que iluminaba con una luz ligeramente amarillenta.
Las mesas estaban desgastadas símbolo de la historia que albergaba tal lugar y en ellas reposaban los vasos a medio vaciar de los clientes que susurraban creando una atmósfera acogedora.
Él se sentía en casa, era idóneo para lo que necesitaba en aquel momento.
Pidió una extraña cerveza, cogió un libro que tenía a medio leer, colgó su abrigo y se sentó.

El libro lo sacó de la sección de filosofía y era de un pensador que se le había atragantado varias veces y a quien había llegado a odiar, Kant.
Lo abrió por una página donde se hallaba pegado un pequeño post-it, escrito por él a modo de marca páginas. Era condición en aquel lugar, podías coger un libro y tras acabar debías dejar un post-it con tu nombre, frase y Twitter.
Retomó la lectura como una tarde más, sin prisa.

Oyó unos pasitos entrar y acercarse a la barra. Luz.
Entre su flequillo vio como aquella figura femenina se acercaba hacia una de las estanterías, filosofía, curioso. Apenas pudo ver que libro había cogido ya que la miraba tímidamente con la cabeza medio bajada. Juraría que era de Kant, no podía ser, demasiada casualidad.
La vio de refilón mirando un par de veces, algo no tan raro, más de uno lo había hecho ya al verle leer por la calle. A él no le importo, "irrelevante" pensó.

Sus males se habían pasado, debía marchar, sentía algo en su interior al volver a mirar a aquella menuda chica. Cogió una hoja y escribió un mensaje con destinatario, con una mínima esperanza de que aquella chica se levantara a leerlo. Lo dejó al lado del libro. Colocó su post-it de nuevo en el libro, lo cerró, lo dejó en la mesa, se levantó se puso su abrigo y partió de nuevo bajo la lluvia.

           *  *  *

Llevaba 10 minutos andando pero, pese a la lluvia, no había avanzado gran cosa. Pensaba.
Repasaba lo leído cuando se dio cuenta de que no había dejado el libro en su sitio, oros no le habrían dado importancia, pero él, que siempre lleva otro en el bolsillo, suyo, por si acaso, decidió volver a dejarlo para futuros lectores.

Llegó al bar y allí y su hoja ya no estaba, cogió su libro y buscó su marca, había un pequeño mensaje y un usuario en él, escritos con letra femenina. Era ella, él lo sabía, pero era imposible, "una sombra siempre será una sombra" pensaba, "se habrá confundido".
Cogió el post-it y se lo guardó en su abrigo a pesar de todo, dejó el libro en su lugar, subió las escalerillas y volvió a caminar por la lluvia entre sus pensamientos y bajo la oscuridad de su mente.


Libros de personajes.

El pelo trenzado le caía graciosamente por su hombro derecho, un trenzado despeinado, informal. Sus cabellos rojizos camuflados por la lluvia, iban mojados. No llevaba capucha e iba con la música a todo volumen. Decía que así, se evadía del mundo y tenía unos instantes para ella sola y su imaginación.

Era sábado y todo el mundo, de su edad al menos, iban a las discotecas a ahogar penas en alcohol y bailar como descosidos, a intentar ligar, ¿mujer de una noche? ¿Tío de una noche? ¿Qué somos, pañuelos de usar y tirar? No. O eso cree ella.
No llevaba rumbo, tan sólo era un paseo, en su bolso, siempre llevaba un libro y unas hojas pautadas por si alguna melodía le surgía en la cabeza.
Llovía cada vez más, decidió resguardarse y se metió en unos soportales que había al final de la calle en la que se encontraba. 
Al final de ésta, había un pequeño y lúgubre bar. Le llamó la atención el escaparate. Estaba lleno de botellas de cerveza y libros, ¿libros? Sí, era un café, o cervecería, donde se iba a leer. O al menos eso ponía en el pequeño letrero que había en el cristal.
Entró, nada más entrar había un pequeño recibidor, donde había una mesa llena de libros de autores, músicos. Y un piano. Ella, era pianista desde los cuatro años, ahora tenía dieciocho. Se quedó unos minutos mirando el piano, era una marca alemana, el piano era marrón, madera. Precioso, sin duda.
Bajó unas escaleras que daban a lo que era el bar en sí, estaba lleno de estanterías repletas de libros, ordenados alfabéticamente y por temas. El bar era un local gigante, además, había un escenario, no sabía muy bien para qué. Imaginó que harían recitales de poesía, adoraba la poesía. Tenía el pelo empapado.
No había mucha gente, tres mesas con parejas hablando en voz baja tomándose un café, una cerveza. Había un chico solo en una de las mesas individuales y otra mujer apoyada en la barra del bar.

Se acercó a la barra para pedir, tan pronto como ella llegó, apareció un apuesto chico para servirle. Ella le preguntó que qué podía ofrecerle, algo especial de allí y éste le dijo una marca de cerveza, no la había oído nunca, y aceptó. Le sirvió en una copa ancha la cerveza y dejó el botellín a mano izquierda. Cuando iba a coger su copa, el camarero le dijo que, eligiera el libro que quisiese. Le preguntó que si podía poner una marca en la página o algo y dijo que pusiera un post-it con su nombre, una frase y su usuario de twitter. No entendió muy bien la razón, hasta que eligió un libro.
Fue directa al apartado de filosofía, en busca de un libro que le habían recomendado, con la esperanza de encontrarlo. Y así fue.
"La ilustración" De Kant. 
Hizo una pasada rápida de todas las páginas, había un par de post-it, el nombre no tenía mucho sentido, la frase era filosófica o dos versos y el twitter era un tanto extraño. -Poetwitteros.-Pensó. 
Se sentó en una mesa individual al lado de una pared. Colgaba una pequeña bombilla de ella para poder leer mejor, ya que el bar era algo lúgubre, lo que incitaba a leer, a parte de la música de fondo, instrumental. Pudo reconocer a Ludovico Einaudi. era el disco de Divenire. 
Se encontraba a una mesa de un chico también solo, leyendo algo del mismo autor. Le tenía en frente. Pero él no levantaba cabeza y no podía ver sus ojos con un flequillo tan largo. Se podía apreciar su barbilla perfectamente definida, dando una sensación de poligonal. Estaba perfectamente definida. Iba de negro, y calzaba unos zapatos marrones. Era curioso.
Comenzó su lectura, de vez en cuando alzaba la vista y veía que la gente iba cambiando, se marchaban, volvían y cambiaban las caras. Otro trago de cerveza.
El chico seguía ahí, inmóvil, leyendo.

Una media hora más tarde se oyó un pequeño crujido, venía de la silla donde estaba sentado aquel joven, había cambiado de posición y había sacado un papel y un bolígrafo. Estaba escribiendo algo. Ella siguió leyendo y un trago más.
Volvió a levantar la cabeza y el chico ya no estaba, había dejado el papel encima de la mesa. Ella se acercó con curiosidad y lo leyó.

Uno más sentado, uno más aquí, la gente va entrando y saliendo, las caras cambian, pero una se me ha quedado en la cabeza. A una mesa de distancia y en frente de ella, está leyendo algo de un autor famoso, Kant. Concentrada en su lectura, de vez en cuando noto que me mira, tras mi flequillo puedo observarla. Encantado de haberte conocido, desconocida. 

Debajo ponía su twitter. Al lado de su papel estaba el libro que había estado leyendo, se le había olvidado colocarlo. Lo abrió y buscó el post-it con el mismo twitter y le añadió una nota.

Encantada de haberte conocido, tal vez no seamos tan desconocidos. Tal vez me gustaría conocer el desconocido de ti. 

Dejó el libro y se marchó llevándose la hoja.