domingo, 23 de marzo de 2014

La casualidad inexistente.

Lunes; vuelta a la rutina. A clase de nuevo.
Siete de la mañana, su despertador pitaba, como un dolor agudo en la sien. "Diez minutos más, por favor" Apagó el despertador y se dio media vuelta.
Diez minutos más tarde su teléfono, situado en la mesilla se encendió. Tenía un mensaje.

"Mierda, mierda, mierda, es lunes. Como no me vista rápido no llego" El brillo del móvil afortunadamente le había despertado, pero no le hizo caso. Se levantó de un brinco, se desnudó y comenzó a mirar su armario de arriba a abajo, como cada mañana.
Cogió unos leggins, una camiseta cualquiera, sus botas granate, de esas que todo el mundo hablaba, un regalo de su padre desde Italia, de hacía un año, aún no se llevaban, pero ahora que sí, las había cogido algo de manía. Aún así se las puso, su cazadora militar y listo. La apoyó en el mueble de la entrada y se fue a la cocina a desayunar mientras repasaba algunos apuntes del ordenador.
El móvil se volvió a encender, pero estaba en su mesilla y ella en la cocina. Seguía repasando algunos apuntes para no perderse en las clases del día.
Tostada, leche, un zumo. Lo de siempre. Recogió los platos y fue al baño a terminar de prepararse.
Las siete y media, tardaba cuarto de hora en llegar hasta su universidad y entraba a las ocho.
Se hizo una trenza, se lavó, se maquilló disimuladamente; lista.
Cogió su cartera con su ordenador, un libro para leer en el recreo, su iPod, algo de dinero y finalmente el móvil.
Cerró la puerta y salió.

Hacía ya algo de frío, tenía esperanza de que a media mañana hiciera mejor. Se puso los cascos y seleccionó el aleatorio, Ludovico. "Bien" Se dijo.
Desbloqueó el móvil y miró sus mensajes. "Vaya, no lo recordaba, antes se encendió, a ver"
Miró los mensajes, eran de un número que le sonaba, pero no le tenía guardado.

Buenos días, estarás dormida, o preparándote para ir a clase, pero quería darte las gracias por ayer, por disculparte y volver a aparecer. Buen día.


Ah, y espero que te guste el libro.

Sonrió, "qué chico tan majo, de verdad"

                                                                              ***

Cansada, agotada, hasta el portátil le pesaba, eran las tres, tocaba comer. Tardó más de lo habitual en llegar a casa, se había parado a leer un rato en un banco cerca de la plaza de la universidad.
Cuando llegó a casa, se cambió de ropa, un chándal para estar más cómoda y se hizo la comida; macarrones y ensalada.
Tenía clase de pintura a las seis, tenía hasta entonces tiempo para ensayar o estudiar. Los exámenes eran en dos meses.
No tardó mucho en terminar de comer, fregó lo del desayuno y la comida y se sentó en su mesa de estudio, en su habitación a estudiar lo que habían dado por la mañana.
La carrera de periodismo era preciosa, muy bonita y más si te encanta lo que haces, le encantaba.

Estudiando hasta las cinco y media, era hora de cambiarse de nuevo para ir a pintar dos horitas, le apetecía, más que de costumbre. Y la verdad, siempre tenía muchas ganas de ir.
Se deshizo el moño que se había hecho para estudiar y se volvió a trenzar el pelo, se puso una chaqueta, una pequeña mochila con dinero, su libro, el móvil y el iPod y salió.
La academia estaba más o menos a diez minutos, iba con tiempo, paso lento y disfrutando de las canciones que el aleatorio le había dado. Fijándose en la gente que pasaba, con prisas, gente en grupo, tomando algo en un bar, charlando, parejas, todo lleno de parejas.
"Me encantaría tener novio, pero cuando he tenido, me he cansado porque no es como yo, ojalá hubiera alguien como yo y poder pasar la vida con él, sería maravilloso"
Seis menos cinco, llamó a la puerta de la academia para que la abriesen. Entró, atravesó dos pasillos y llegó al estudio donde pintaba. Entró.
Como siempre los buenos días, ella era la más joven y admiraba mucho a la gente mayor que iba a pintar, y cómo pintaba. Pero notó la presencia de alguien más, estaba en uno de los caballetes de madera, al lado uno libre, dejó sus cosas en la silla del de al lado y fue a por su lienzo.
Lo colocó, se lo colocó para ella, a su altura y sacó las cosas de su maletín que estaba en el estudio.
El joven miró un segundo su rostro y un choque inmediato de miradas.
-Pero, ¡Yo te conozco!

¿En serio? ¿Casualidad? ¿Qué es eso de las casualidades?

domingo, 9 de marzo de 2014

Un trago matutino de cansancio

Había pasado, se había marchado con él. Y los había visto marchar, no podía evitarlo y era su decisión. Una vez más anteponía la felicidad ajena a la suya y, como era lógico, no era quién para interponerse ni siquiera para dar opinión. La había conocido no hace mucho y casi no sabía nada de ella. Se quedó allí pensando y al rato buscó un refugio, una historia ajena donde poder olvidar la suya, su libro.
Agachó la cabeza y siguió leyendo.

No recordaba mucho de la historia ya que no se acababa de concentrar, pidió otra ronda, aún quedaba tiempo antes de comer. Quizás se le estaba subiendo un poco todo, las emociones se le subían y se empezaba a rallar, el alcohol en sangre subía poco a poco mientras su vaso iba quedando sediento, estaba cansado.

De pronto oyó unos pasos rápidos, no levantó la cabeza, no esperaba a nadie. Lo hizo cuando ya vio la silla de enfrente moverse tras su flequillo, ¿ella?
Empapada, fatigada posiblemente de correr bajo la lluvia, estaba claro pero él no quería ni pensar. Ella intentaba sacarle palabra y sonrisa, incluso le intentó animar haciendo que dejara al margen su libro y solo la mirara a los ojos. Apenas funcionó, pero consiguió sacarle palabra, solo ella podía, ¿solo ella?

Tenía hambre y volvía a pensar de nuevo, no eran horas y sintiéndolo mucho se despidió brevemente y se fue a comer. Ella se quedó allí leyendo.

*  *  *

Apenas tenía hambre pero en casa no debían notarlo, la lluvia había amainado y parecía volver a despejar.
Serían las 5 de la tarde y le dolía la cabeza, bajó a su cuarto y se metió a la cama hasta nuevo despertar, sintió su móvil vibrar en su mesilla de noche, no estaba para nadie asique durmió hasta el día siguiente, por poner fecha. Los sentimientos le habían invadido y hundido, quizás sentía traición o sólo era soledad pero quien solo podía acogerlo en aquellos momentos era su cama y allí debía permanecer hasta que le echara de su lado.

domingo, 2 de marzo de 2014

Lluvia corre bajo el suelo

Iban caminando, ella miraba constantemente el suelo, sonrojada. Acababa de conocer a ese chico, acababa de aparecer en medio de la conversación de aquel misterioso chico.
Caminaban, era la hora de comer. Él la miraba y se reía, comenzó la conversación.
-Bueno, cuéntame algo de ti, ¿cuántos años tienes? -Le preguntó mirándole al escote, la verdad no era pronunciado pero era bajita y él alto, se podía notar. Ella cambió el gesto de la cara y se abrochó la chaqueta.
-Dieciocho, recién cumplidos. ¿Tú?
-¿Eres tan pequeña? Aparentabas más, la verdad, tengo veinte, pero bueno, también me gustan pequeñas. -Se rió.
"¿Pequeñas? Pero si son dos años, ¿a dónde quiere llegar este hombre?" Hizo gesto de indiferencia y siguieron caminando, sin rumbo.
Llegaron a la ribera del río de la ciudad, se sentaron en un banco y siguieron hablando. Él de vez en cuando la llamaba enana, por ser bajita, imaginaba. Tenía unos aires de superioridad y de creído increíbles, pero le atraía.
-¿Vives aquí? -Le preguntó él. Esta vez su mirada estaba centrada en sus ojos.
-Sí, mis padres se mudaron a Santander y yo me quedé en un piso del centro para hacer mi carrera.
-Así que vives sola, no te sentirás un poco...no sé, ¿sola? Te vendría bien un poco de compañía masculina, un domingo gris como el de hoy. -Se acercó a ella, el día era azul.
Ella se rió y se sonrojó, agachó la cabeza y al levantarla le tenía de frente, su nariz casi se choca con la de él, podía ver las betas de sus ojos, podía ver cómo la pupila se dilataba. Podía ver cada pestaña negra. Él la agarró de la cintura, se fue acercando poco a poco, muy poco a poco, sonreía.
Comenzó a dudar. "Un segundo, ¿el otro chico? Le he dejado solo, había quedado con él, mierda, ¿dónde estará ahora? No tengo su número, mierda" Sus ojos se movían de un extremo a otro, tenía los labios del chaval prácticamente pegados a los suyos, se apartó.
-Lo siento debo irme, se me ha olvidado hacer algo muy importante, perdóname, otro día nos vemos, ¿vale? -Se levantó, cogió el bolso y comenzó a caminar.
-Pero, no tengo tu número. ¿Cómo podre hablarte? -Ella regresó, cogió su móvil y marcó su número, se autollamó para poder tenerle ella también y él lo guardó. Salió corriendo en dirección al bar.
   
                                                                     ***

Comenzó a llover, estaba a punto de llegar al bar. Hacía tan sólo diez minutos, en aquel banco de la ribera había un sol espléndido, ahora estaba jarreando y su trenza se estaba calando, su maquillaje corriéndose, podía notarlo por sus poros de la cara. Estaba a punto de llegar, no podía parar de pensar en el chico del bar, la había cagado, se sentía culpable de haberle dejado ahí tirado, sólo pensaba en él, en que tendría que haberse quedado allí charlando con un café en su zurda mano y en la derecha un libro abierto.
Entró en los soportales y abrió bruscamente la puerta del bar, bajó corriendo y se acercó a la mesa donde antes estaban. Ahí estaba, sentado en la misma silla, con un libro en la mano y bebiendo una jarra de cerveza, como la primera vez que le vio. Se acercó rápidamente y se sentó.
-Perdóname, no debí irme, menos mal que sigues aquí, he venido lo más rápido que he podido, lo siento. -Levantó la mirada, apagada y entristecida.
-Estás empapada. -Dijo con voz lúgubre. -Sí. Ha comenzado a llover mientras corría y no tenía capucha. ni cachuscas.
-¿Cachuscas? Será katiuskas. -Dijo con una pequeña sonrisa de medio lado.
-Calla, calla. Cachucas. -Repitió riéndose. ¿Estás bien?
-Sí. -Dijo apagado.
-Sé que no, ¿quieres hablar conmigo? -Le cogió de la mano.
-No, además. Es la hora de la comida, tendrás que comer ¿no?
-Me da igual, quiero hablar contigo, siento mucho haberme ido. Sé que no estás bien, cuéntame.
No conseguía que soltara palabra, ella no paraba de disculparse y él con sus ojos apagados decía que no hacía falta pedir perdón.

Estuvieron hablando hasta las cuatro de la tarde.

-Vaya, son las cuatro y no hemos comido. ¿Te apetece ir a comer a algún lado? -Dijo ella mirando si tenía dinero suficiente en la cartera.
-Me encantaría pero, debo irme, me esperan en casa y creo que hoy tengo comida familiar. -Sonrió y añadió. -Muchísimas gracias por haberme consolado, sí, estaba mal pero son cosas sin importancia, estoy bien ahora gracias a ti, por cierto, ten. -Le dio un libro. -Me lo terminé ya, te gustará, estoy segurísimo de ello.
-Muchísimas gracias, volveré para leérmelo. Por cierto, toma. -Le dio en un papel su número de móvil. -¿No pretenderás que te deje de hablar, no? Gracias por seguir en el bar, de verdad.
Él le dio otro papel con el suyo, se dieron dos besos y él se marchó del bar, ella se quedó leyendo un rato su nuevo libro que le había recomendado.
La metamorfosis. Kafka.