domingo, 2 de marzo de 2014

Lluvia corre bajo el suelo

Iban caminando, ella miraba constantemente el suelo, sonrojada. Acababa de conocer a ese chico, acababa de aparecer en medio de la conversación de aquel misterioso chico.
Caminaban, era la hora de comer. Él la miraba y se reía, comenzó la conversación.
-Bueno, cuéntame algo de ti, ¿cuántos años tienes? -Le preguntó mirándole al escote, la verdad no era pronunciado pero era bajita y él alto, se podía notar. Ella cambió el gesto de la cara y se abrochó la chaqueta.
-Dieciocho, recién cumplidos. ¿Tú?
-¿Eres tan pequeña? Aparentabas más, la verdad, tengo veinte, pero bueno, también me gustan pequeñas. -Se rió.
"¿Pequeñas? Pero si son dos años, ¿a dónde quiere llegar este hombre?" Hizo gesto de indiferencia y siguieron caminando, sin rumbo.
Llegaron a la ribera del río de la ciudad, se sentaron en un banco y siguieron hablando. Él de vez en cuando la llamaba enana, por ser bajita, imaginaba. Tenía unos aires de superioridad y de creído increíbles, pero le atraía.
-¿Vives aquí? -Le preguntó él. Esta vez su mirada estaba centrada en sus ojos.
-Sí, mis padres se mudaron a Santander y yo me quedé en un piso del centro para hacer mi carrera.
-Así que vives sola, no te sentirás un poco...no sé, ¿sola? Te vendría bien un poco de compañía masculina, un domingo gris como el de hoy. -Se acercó a ella, el día era azul.
Ella se rió y se sonrojó, agachó la cabeza y al levantarla le tenía de frente, su nariz casi se choca con la de él, podía ver las betas de sus ojos, podía ver cómo la pupila se dilataba. Podía ver cada pestaña negra. Él la agarró de la cintura, se fue acercando poco a poco, muy poco a poco, sonreía.
Comenzó a dudar. "Un segundo, ¿el otro chico? Le he dejado solo, había quedado con él, mierda, ¿dónde estará ahora? No tengo su número, mierda" Sus ojos se movían de un extremo a otro, tenía los labios del chaval prácticamente pegados a los suyos, se apartó.
-Lo siento debo irme, se me ha olvidado hacer algo muy importante, perdóname, otro día nos vemos, ¿vale? -Se levantó, cogió el bolso y comenzó a caminar.
-Pero, no tengo tu número. ¿Cómo podre hablarte? -Ella regresó, cogió su móvil y marcó su número, se autollamó para poder tenerle ella también y él lo guardó. Salió corriendo en dirección al bar.
   
                                                                     ***

Comenzó a llover, estaba a punto de llegar al bar. Hacía tan sólo diez minutos, en aquel banco de la ribera había un sol espléndido, ahora estaba jarreando y su trenza se estaba calando, su maquillaje corriéndose, podía notarlo por sus poros de la cara. Estaba a punto de llegar, no podía parar de pensar en el chico del bar, la había cagado, se sentía culpable de haberle dejado ahí tirado, sólo pensaba en él, en que tendría que haberse quedado allí charlando con un café en su zurda mano y en la derecha un libro abierto.
Entró en los soportales y abrió bruscamente la puerta del bar, bajó corriendo y se acercó a la mesa donde antes estaban. Ahí estaba, sentado en la misma silla, con un libro en la mano y bebiendo una jarra de cerveza, como la primera vez que le vio. Se acercó rápidamente y se sentó.
-Perdóname, no debí irme, menos mal que sigues aquí, he venido lo más rápido que he podido, lo siento. -Levantó la mirada, apagada y entristecida.
-Estás empapada. -Dijo con voz lúgubre. -Sí. Ha comenzado a llover mientras corría y no tenía capucha. ni cachuscas.
-¿Cachuscas? Será katiuskas. -Dijo con una pequeña sonrisa de medio lado.
-Calla, calla. Cachucas. -Repitió riéndose. ¿Estás bien?
-Sí. -Dijo apagado.
-Sé que no, ¿quieres hablar conmigo? -Le cogió de la mano.
-No, además. Es la hora de la comida, tendrás que comer ¿no?
-Me da igual, quiero hablar contigo, siento mucho haberme ido. Sé que no estás bien, cuéntame.
No conseguía que soltara palabra, ella no paraba de disculparse y él con sus ojos apagados decía que no hacía falta pedir perdón.

Estuvieron hablando hasta las cuatro de la tarde.

-Vaya, son las cuatro y no hemos comido. ¿Te apetece ir a comer a algún lado? -Dijo ella mirando si tenía dinero suficiente en la cartera.
-Me encantaría pero, debo irme, me esperan en casa y creo que hoy tengo comida familiar. -Sonrió y añadió. -Muchísimas gracias por haberme consolado, sí, estaba mal pero son cosas sin importancia, estoy bien ahora gracias a ti, por cierto, ten. -Le dio un libro. -Me lo terminé ya, te gustará, estoy segurísimo de ello.
-Muchísimas gracias, volveré para leérmelo. Por cierto, toma. -Le dio en un papel su número de móvil. -¿No pretenderás que te deje de hablar, no? Gracias por seguir en el bar, de verdad.
Él le dio otro papel con el suyo, se dieron dos besos y él se marchó del bar, ella se quedó leyendo un rato su nuevo libro que le había recomendado.
La metamorfosis. Kafka.

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