miércoles, 26 de febrero de 2014

No todo lo que brilla parece iluminar

Se levantó de su silla y fue a pedir una ronda más. Para él una cerveza extrenjera, apenas comocida en los bares de aqella ciudad y para ella un zumo de naraja, apenas no bebía.
La camarera les invitó a patatas fritas.

La mañana pasaba lenta mientras ellos, aislados de la luz de una fría mañana de Septiembre, debatían sobre libros, filosofía y música.

De repente, e inesperadamente, llegó su mejor amigo, un chico de estatura media, moreno y fornido, un cachas vaya. Se presentó, se sentó y comenzó a hablar. A ella la había llamado la atención y no muy tarde la conversación ya era entre tres y bastante menos profunda e íntima.

Ella atendía mientras él empezaba a sentir frío. Algo le oprimía el pecho mientras la veía mirar a su mejor amigo. Sentía que la pequeña luz cada vez más enfocaba a una nueva pareja y el volvía a quedarse en la sombra.

Comenzó a leer la contraportada de su libro.
Se quedó sin libro en apenas no mucho rato, había devorado el epílogo, prólogo y ya sabría dibujar practicamente la portada de memoria. Dejó el libro en la mesa cuando oyó a su amigo decirle que se marchaban, ella le dedicó una mirada, se levantaron y tras una breve despedida se marcharon.

Él se quedó sentado y simplemente sentía dolor, veía su gran mirada a apenas una mesa de distancia y no se la podía sacar de la cabeza, su humilde y, cuanto menos, típica sonrisa; dientes descolocados y de colmillos salientes. Piel morena y pelo liso y no muy largo.

Pensó que sería diferente, que una cabeza le pesaría más que unos músculos. Que la sombra acogedora y duradera podría tomar más importancia en su cabeza que la tontería, chulería y típica apariencia.

Creyó haber conocido a quien pudiera iluminarlo y sacarlo de su sombra y solo pudo quedarse sentado viendo su brillante silueta marchar.

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