Comenzó a acercarse a ella, no esbozó sonrisa alguna. Ella, nerviosa agachó la vista y miró la mesa vacía. Notaba el crujido de la madera del suelo al acercarse el joven hacia ella. Nerviosa, atacada.
No le conocía de nada, sin embargo le había reconocido sólo por su vestimenta y había aceptado quedar en un bar, un domingo por la mañana, podría ser un violador. Pero ahí estaba ella. Viendo cómo sus pies se acercaban lentamente a su mesa, el corazón le latía fuerte y no sabía cómo reaccionar.
Llegó a la mesa y ella se levantó.
-Hola. -Dijo él, una sonrisa se dibujó en su rostro, perfectamente definido, tenía la mandíbula perfecta, cuadrada y definida, los labios finos, boca pequeña y ojos caídos, desprendían felicidad al fusionarse con esa sonrisa. "Tiene cara de niño, que monada" Pensó ella.
Se acercó a él y le dio dos besos, también le saludó pero con otra sonrisa, se mantuvo callada.
Ambos se sentaron a la vez.
-Mira, te he traído una pequeña lista de libros que tienen aquí, me los he leído y son muy buenos. Si te gusta leer sobre filosofía y paranoias, te encantarán. -Dijo él acercándole la hoja a su mano que estaba sobre la mesa.
-Vaya, gracias. -Dijo sonriente ella, cogió la hoja y comenzó a leer, algunos eran biografías, otros ensayos, ponía el número de páginas que tenían, no superaban de las ciento veinte, más o menos.
Parecía un chico majo, el flequillo le llegaba a las cejas y apenas podía ver la expresión de estas, su rostro tan infantil era muy adorable, tendría su edad más o menos, tampoco se había fijado mucho si tenía una biografía en su cuenta de twitter, ni seguidores ni nada. Ahora comenzarían la ronda de preguntas, imaginaba.
-Espero que te gusten. -Dijo mirándola a lo ojos. Sonreía.
-Bueno, ¿cómo te llamas? -Sí que se fijó en que no ponía su nombre real, era una palabra extranjera.
-Calma calma. -Se rió.
Se quedó mirando la mano del chico. -¿Eres guitarrista verdad? -Le dijo mirándole aún sus dedos.
-¿Cómo lo sabes? -Estaba sorprendido. "Vaya, qué observadora"
-Tus manos, tus uñas largas y perfiladas para tocar más cómodo. Es fácil de distinguir. -Le miró a los ojos. Ambos se quedaron mirando el uno al otro, ella levantó la ceja izquierda. Él se rió e hizo un esfuerzo de levantarla, pero se le subían las dos, no se arqueaban, podía verlo más o menos a través de su flequillo moreno. Sus cejas le daban un aire muy serio, muy calmado. Era bonito el contraste de su rostro con la expresión seria que le hacían unas cejas tan rectas. La verdad, era muy guapo.
-Vaya, ¿sabes de música? Yo solo toco la guitarra, sé un poco de solfeo e intento componer, aunque son melodías sencillas. -Se sonrojó.
-Sí, toco el piano desde los cuatro años, acabé hace dos y sé un poco de guitarra, pero no mucho, la verdad. -Tenía la mano en la mesa, apoyada. Él acercó la suya y se la cogió. -¡Es cierto! tienes dedos de pianista, finos, largos y perfectos. Aunque el meñique... -¡Calla!- Se rió. Todo el mundo se lo decía, tenía los dedos meñiques muy pequeños, pero eso no le impedía tocar con total soltura y buena apertura.
"Vaya, es músico, qué genial"
-Pero, no me considero músico, no soy de conservatorio. -Se le cambió el gesto de la cara a ella. -¡Claro que eres músico! Yo siempre he dicho que músico no se es; se siente. Ahí. -Señaló a su corazón, él miró el dedo y su pecho. Sonrió.
Volvió a mirar el papel que aquel chico le había dado, echó un vistazo rápido de nuevo a cada libro, entre ellos se encontraba la biblia. -¿La biblia? ¿Te la has leído? -Sí, leído, subrayado e interpretado. No creo en ella, es un libro de pequeñas alegorías, del cual se ha creado una religión, tomarse todo al pie de la letra, es matar a los poetas. ¿No crees? Son metáforas, no existe una realidad inmediata, hay que comprenderlo.
Se quedó pensativa, ella tampoco creía, tenía muchísimos libros acerca del cristianismo y profecías, era extraño, qué casualidad, una más.
-Yo tengo varios libros sobre el significado literal de los evangelios, por qué utilizan distintos elementos y demás, están muy bien, te los podría dejar. Si quieres. -Dijo ella con una pequeña sonrisa.
-No estaría mal, muchísimas gracias, entonces, te veré más días, por lo entendido, ¿no?
Ella sonrió, era un chico muy amable. Le había encantado.
Y ahí siguieron, una mañana de domingo, a la lúgubre luz de una lámpara de lectura en la pared, en una mesa de dos, al final de un desapercibido bar.
-Calma calma. -Se rió.
Se quedó mirando la mano del chico. -¿Eres guitarrista verdad? -Le dijo mirándole aún sus dedos.
-¿Cómo lo sabes? -Estaba sorprendido. "Vaya, qué observadora"
-Tus manos, tus uñas largas y perfiladas para tocar más cómodo. Es fácil de distinguir. -Le miró a los ojos. Ambos se quedaron mirando el uno al otro, ella levantó la ceja izquierda. Él se rió e hizo un esfuerzo de levantarla, pero se le subían las dos, no se arqueaban, podía verlo más o menos a través de su flequillo moreno. Sus cejas le daban un aire muy serio, muy calmado. Era bonito el contraste de su rostro con la expresión seria que le hacían unas cejas tan rectas. La verdad, era muy guapo.
-Vaya, ¿sabes de música? Yo solo toco la guitarra, sé un poco de solfeo e intento componer, aunque son melodías sencillas. -Se sonrojó.
-Sí, toco el piano desde los cuatro años, acabé hace dos y sé un poco de guitarra, pero no mucho, la verdad. -Tenía la mano en la mesa, apoyada. Él acercó la suya y se la cogió. -¡Es cierto! tienes dedos de pianista, finos, largos y perfectos. Aunque el meñique... -¡Calla!- Se rió. Todo el mundo se lo decía, tenía los dedos meñiques muy pequeños, pero eso no le impedía tocar con total soltura y buena apertura.
"Vaya, es músico, qué genial"
-Pero, no me considero músico, no soy de conservatorio. -Se le cambió el gesto de la cara a ella. -¡Claro que eres músico! Yo siempre he dicho que músico no se es; se siente. Ahí. -Señaló a su corazón, él miró el dedo y su pecho. Sonrió.
Volvió a mirar el papel que aquel chico le había dado, echó un vistazo rápido de nuevo a cada libro, entre ellos se encontraba la biblia. -¿La biblia? ¿Te la has leído? -Sí, leído, subrayado e interpretado. No creo en ella, es un libro de pequeñas alegorías, del cual se ha creado una religión, tomarse todo al pie de la letra, es matar a los poetas. ¿No crees? Son metáforas, no existe una realidad inmediata, hay que comprenderlo.
Se quedó pensativa, ella tampoco creía, tenía muchísimos libros acerca del cristianismo y profecías, era extraño, qué casualidad, una más.
-Yo tengo varios libros sobre el significado literal de los evangelios, por qué utilizan distintos elementos y demás, están muy bien, te los podría dejar. Si quieres. -Dijo ella con una pequeña sonrisa.
-No estaría mal, muchísimas gracias, entonces, te veré más días, por lo entendido, ¿no?
Ella sonrió, era un chico muy amable. Le había encantado.
Y ahí siguieron, una mañana de domingo, a la lúgubre luz de una lámpara de lectura en la pared, en una mesa de dos, al final de un desapercibido bar.
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