jueves, 13 de febrero de 2014

Libros de personajes.

El pelo trenzado le caía graciosamente por su hombro derecho, un trenzado despeinado, informal. Sus cabellos rojizos camuflados por la lluvia, iban mojados. No llevaba capucha e iba con la música a todo volumen. Decía que así, se evadía del mundo y tenía unos instantes para ella sola y su imaginación.

Era sábado y todo el mundo, de su edad al menos, iban a las discotecas a ahogar penas en alcohol y bailar como descosidos, a intentar ligar, ¿mujer de una noche? ¿Tío de una noche? ¿Qué somos, pañuelos de usar y tirar? No. O eso cree ella.
No llevaba rumbo, tan sólo era un paseo, en su bolso, siempre llevaba un libro y unas hojas pautadas por si alguna melodía le surgía en la cabeza.
Llovía cada vez más, decidió resguardarse y se metió en unos soportales que había al final de la calle en la que se encontraba. 
Al final de ésta, había un pequeño y lúgubre bar. Le llamó la atención el escaparate. Estaba lleno de botellas de cerveza y libros, ¿libros? Sí, era un café, o cervecería, donde se iba a leer. O al menos eso ponía en el pequeño letrero que había en el cristal.
Entró, nada más entrar había un pequeño recibidor, donde había una mesa llena de libros de autores, músicos. Y un piano. Ella, era pianista desde los cuatro años, ahora tenía dieciocho. Se quedó unos minutos mirando el piano, era una marca alemana, el piano era marrón, madera. Precioso, sin duda.
Bajó unas escaleras que daban a lo que era el bar en sí, estaba lleno de estanterías repletas de libros, ordenados alfabéticamente y por temas. El bar era un local gigante, además, había un escenario, no sabía muy bien para qué. Imaginó que harían recitales de poesía, adoraba la poesía. Tenía el pelo empapado.
No había mucha gente, tres mesas con parejas hablando en voz baja tomándose un café, una cerveza. Había un chico solo en una de las mesas individuales y otra mujer apoyada en la barra del bar.

Se acercó a la barra para pedir, tan pronto como ella llegó, apareció un apuesto chico para servirle. Ella le preguntó que qué podía ofrecerle, algo especial de allí y éste le dijo una marca de cerveza, no la había oído nunca, y aceptó. Le sirvió en una copa ancha la cerveza y dejó el botellín a mano izquierda. Cuando iba a coger su copa, el camarero le dijo que, eligiera el libro que quisiese. Le preguntó que si podía poner una marca en la página o algo y dijo que pusiera un post-it con su nombre, una frase y su usuario de twitter. No entendió muy bien la razón, hasta que eligió un libro.
Fue directa al apartado de filosofía, en busca de un libro que le habían recomendado, con la esperanza de encontrarlo. Y así fue.
"La ilustración" De Kant. 
Hizo una pasada rápida de todas las páginas, había un par de post-it, el nombre no tenía mucho sentido, la frase era filosófica o dos versos y el twitter era un tanto extraño. -Poetwitteros.-Pensó. 
Se sentó en una mesa individual al lado de una pared. Colgaba una pequeña bombilla de ella para poder leer mejor, ya que el bar era algo lúgubre, lo que incitaba a leer, a parte de la música de fondo, instrumental. Pudo reconocer a Ludovico Einaudi. era el disco de Divenire. 
Se encontraba a una mesa de un chico también solo, leyendo algo del mismo autor. Le tenía en frente. Pero él no levantaba cabeza y no podía ver sus ojos con un flequillo tan largo. Se podía apreciar su barbilla perfectamente definida, dando una sensación de poligonal. Estaba perfectamente definida. Iba de negro, y calzaba unos zapatos marrones. Era curioso.
Comenzó su lectura, de vez en cuando alzaba la vista y veía que la gente iba cambiando, se marchaban, volvían y cambiaban las caras. Otro trago de cerveza.
El chico seguía ahí, inmóvil, leyendo.

Una media hora más tarde se oyó un pequeño crujido, venía de la silla donde estaba sentado aquel joven, había cambiado de posición y había sacado un papel y un bolígrafo. Estaba escribiendo algo. Ella siguió leyendo y un trago más.
Volvió a levantar la cabeza y el chico ya no estaba, había dejado el papel encima de la mesa. Ella se acercó con curiosidad y lo leyó.

Uno más sentado, uno más aquí, la gente va entrando y saliendo, las caras cambian, pero una se me ha quedado en la cabeza. A una mesa de distancia y en frente de ella, está leyendo algo de un autor famoso, Kant. Concentrada en su lectura, de vez en cuando noto que me mira, tras mi flequillo puedo observarla. Encantado de haberte conocido, desconocida. 

Debajo ponía su twitter. Al lado de su papel estaba el libro que había estado leyendo, se le había olvidado colocarlo. Lo abrió y buscó el post-it con el mismo twitter y le añadió una nota.

Encantada de haberte conocido, tal vez no seamos tan desconocidos. Tal vez me gustaría conocer el desconocido de ti. 

Dejó el libro y se marchó llevándose la hoja.

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